sábado, 24 de mayo de 2025

CONFESIÓN

En estos años de convivencia conmigo mismo como única compañía, he adquirido una costumbre peculiar. Al leer algún libro que me gusta mucho, insulto en voz alta al autor o a la autora de tales páginas. Cuanto más admirable la proeza narrativa, el clima logrado en una escena, el giro inesperado en la trama, la profunda reflexión suscitada en mí por sus palabras, más vehemente y soez es mi improperio. En la soledad de mi living lo hago a voz en cuello, casi tan enardecido como aquellos que se apasionan mirando un partido de fútbol. En el transporte público, en bares, en parques, logro contenerme un poco y lo hago con disimulo.

No se me malinterprete: lo que me mueve al insulto no es la envidia, sino la admiración más profunda. ¿Por qué lleno de agravios a estos autores, entonces, en vez de vitorearlos? Ni yo mismo lo sé. Mis palabrotas se me antojan las de marinos, o cowboys, que en novelas o películas se insultan entre sí en señal de camaradería.

Recientemente, mi condición se ha agravado y se ha hecho extensiva a mis soliloquios sobre amistades y afectos. Lavando los platos o pasando la aspiradora, recuerdo un gesto de ternura, un comentario ingenioso, una muestra de cariño de algún allegado mío y exclamo, por ejemplo: «¡Qué pedazo de mierda!».

De no ser por estas líneas que hoy escribo, esto no trascendería mi intimidad; pero me he sentido impelido a dejar constancia de tal peculiaridad mía por temor a que, con el correr de los años, llegando a esa edad en que los frenos inhibitorios suelen tornarse más laxos, algún insulto proferido con todo el amor de mi alma sea malinterpretado.

domingo, 2 de septiembre de 2018

POSTAL

Mis padres me pusieron de nombre: «Aquel que nos salvará».

Hasta ahora no he salvado a nadie, ya que ello sucederá en el final de los tiempos. Sin embargo, toda mi existencia no ha sido ni es más que el arduo entrenamiento para tan importante tarea.

A mi hermano, mis padres lo han nombrado: «Aquel que no tiene salvación».

Él tampoco hace ni ha hecho otra cosa más que entrenarse para la tarea que le han encomendado imprimiéndosela en el nombre. Desde pequeño, ha adquirido el don de las anguilas, que se escurren entre los dedos de quien intenta sujetarlas.

En el final, él y yo, cara a cara, no podremos más que permanecer inmóviles hasta que los dioses, apiadándose, nos destruyan.

Con nuestros despojos, las manos divinas trazarán en el firmamento dibujos que carecerán de todo significado para quienes vendrán después de nosotros.

domingo, 13 de noviembre de 2016

FILO

Entre todos los objetos que heredé de papá, hay una tijera. El más valioso de ellos, exceptuando, tal vez, un reloj cuyo origen desconozco, notoriamente antiguo, que está dentro de un estuche de Casa Ares junto con una moneda del sesquicentenario de Uruguay con la efigie de Artigas. Hablo de valor monetario, ya que muchos de los demás objetos —en su mayoría fotos, dibujos, cartas y escritos— pueden disputar en valor emocional con esta tijera, pero difícilmente proporcionarían algún dinero a quien pretendiera venderlos. El resto, algunos calzoncillos agujereados que —debido a mi precaria situación económica al momento de morir papá— me vi obligado a sumar a mi guardarropa, se ha desintegrado hace tiempo.

Desconozco la antigüedad de esta tijera. Puede que sea más vieja que yo, incluso, aunque no lo parece. Si he de guiarme por mi memoria, papá la ha tenido desde siempre. De marca Mundial, hecha en Brasil, el célebre modelo punto rojo —tantas veces ofrecido por vendedores ambulantes en el transporte público—, llamado así por el remache de ese color, que lleva grabados los cuatro palos del póker.

Era habitual escuchar discutir a mi padre con mi hermana y con mi madre respecto al filo de la tijera. Tan habitual como tantas de esas discusiones menores, pacíficas, que existen en todas las familias y que se repiten a tal punto que uno puede recitarlas de memoria apenas comienzan. «Se te va a caer el cartón y se va a volcar toda la leche. Dejá ese cuchillo. ¿Para qué tenemos una tijera?». «No corta nada. Está desafilada». «¡No está desafilada! Si la usé recién…». «Yo traté de usarla hoy a la mañana y no pude cortar nada». «¡Yo la uso todos los días! Dejá ese cuchillo que te vas a lastimar. Dame la tijera, yo te lo abro».

En el hospital, ya desahuciado por los médicos, papá seguía discutiendo sobre lo mismo. «Mañana le voy a pedir a Esther que me corte el pelo. Tráiganme la tijera, por favor». «Esa tijera no corta nada. Está desafilada». «Y dale con que está desafilada… ¡Todos los días la uso! ¡Corto todo con esa tijera! ¡No está desafilada!».

A la semana, papá murió.

No hizo falta sucesión alguna para que me quedara con la tijera, el reloj, los papeles y los calzones.

Permanecí unos meses en Santa Rosa ayudando a mamá a tramitar su pensión por viudez y volví a Buenos Aires.

Era el año 2002. Me había quedado sin trabajo poco antes de partir a La Pampa al enterarme de la enfermedad de papá —la empresa de mi tío había quebrado como tantas otras— y debía varios meses de alquiler. Prometí al dueño del departamento que saldaría mi deuda en cuanto pudiera, retiré mis pertenencias y me fui a vivir a lo de un amigo. 

Meses después, mamá y Silvana se mudaron a Buenos Aires y yo me fui con ellas. Volvimos a vivir los tres con la tijera.

Conocí a una chica. Me dijo que quería tener algo conmigo por un tiempo razonablemente eterno. Fuimos pareja durante ocho años.

Cuando comenzamos a salir, María tenía nueve gatos. En el transcurso de nuestra relación, fueron muriendo hasta que sólo quedó uno. María quería especialmente al último que murió. Cortó algunos de sus bigotes con la tijera y los guardó en una cajita como recuerdo.

Murió mi abuela Elda. Sobrevivió a su hijo dos años.

Murió mi suegra.

Internaron a Esther en un geriátrico. Murió.

Silvana se puso de novia. Se separó después de cuatro años. Tuvo algunas minirelaciones con distintos pelotudos. Se puso de novia otra vez. Se casó y está esperando un bebé.

Cobré el subsidio de desempleo por un año. Repartí volantes, pegué afiches. Dejé currículums en agencias de trabajo sin resultado alguno. Paseé perros durante siete años. Algunos murieron. Los quería mucho. Luna, Brownie, Kumpa.

Silvana vendió milanesas de soja, trabajó en un call center, repartió volantes, vendió productos de Natura. Hace ocho años que trabaja en una agencia de turismo.

Tomé clases de actuación durante cuatro años. Hice la asistencia de dirección de tres obras de teatro, actué en otras tres y ensayé una cuarta que se abortó antes de estrenarse. Con un grupo de amigos, hicimos ocho números de una revista de historietas. Tomé clases de serigrafía por varios meses. Usé la tijera para cortar papel, tela, láminas de acetato. Escribí una novela.

Tuve un neumotórax. Al operarme, me dañaron un nervio y, por culpa de eso, se me atrofiaron varios músculos del hombro y de la espalda. Para recuperarlos, fui a un gimnasio durante un año y me dieron diez sesiones de electroestimulación.

Me fui a vivir con María. Llevé la tijera conmigo.

Murió mi abuela Yolanda. Mamá se compró un departamento con la plata que heredó.

Silvana se mudo con Gabriel.

Me separé de María. Me sentí morir, pero no morí.

Me fui a vivir a lo de Silvana, alternando con lo de mamá.

Hice terapia. Tuve que medicarme un año para poder dormir.

Tuve que cambiar de trabajo para poder alquilar. Volví a trabajar en relación de dependencia, a pesar de que me había prometido a mí mismo no hacerlo.

Dejé currículums en diecisiete librerías, me entrevistaron en tres, me tomaron en una.

A los tres meses, me echaron. Tres semanas después, me volvieron a tomar.

Me mudé a lo de un amigo. Ahorré. Me fui a vivir solo.

Comencé el blog. Conocí a muchas personas a través de él. Algunas solo pasaron, otras se quedaron.

Publicaron textos míos en algunas revistas, leí en algunos eventos.

Una chica me dijo que quería tener algo conmigo, pero solo por una noche. Ese algo duró más de dos años.

En la librería, al año de estar trabajando, me ofrecieron ser encargado. Rechacé la propuesta. Me pusieron de encargado igual.

Me alejé de personas que antes frecuentaba mucho, otros vínculos los reforcé.

Me reencontré con Vanina, mi hermana más chica, después de doce años de estar distanciados.

Ayudé a un amigo a corregir sus dos novelas.

Renové mi guardarropa. Cambié de celular dos veces, pero siempre por el mismo modelo anticuado. Perdí algunas muelas, me puse algunas coronas. Cambié varias veces los lentes de contacto. Leí muchos libros, pero menos de los que quisiera.

Y, en todo este tiempo, la tijera estuvo junto a mí. Corta perfectamente, como siempre. La uso para abrir paquetes de fideos, de azúcar, cartones de leche, para separar la factura de las expensas del resumen de gastos. Ahora mismo, mientras escribo esto, descansa sobre la mesa ante mi vista. Nunca ha estado desafilada. Nunca lo estará. Vos y yo lo sabemos.

domingo, 2 de octubre de 2016

(NO) QUIERO VOLVER A VERTE, HILARY

La primera vez que vi a Hilary Swank fue en Boys don’t cry. Papá moría, lentamente, en el hospital y yo buscaba en la televisión algo que me distrajese. Algo que me quitase de la mente, al menos por un rato, su rostro lívido, cada día más muerto. Con el pelo corto y su camisa leñadora, Hilary se parecía al exnovio de una de mis hermanas. Eso hizo que me detuviera en ese canal. Enseguida, apareció Chloë Sevigny, una buena razón para quedarme. A ella sí la conocía, de Kids, otra película terrible. Después, la trama me envolvió como una araña. Paralizó mis músculos y se tragó el poco aire que me quedaba.

Terminó la película y me levanté del sofá con esfuerzo. Estaba exhausto, pero necesitaba salir a caminar. Era de noche. Me dirigí hacia la laguna Don Tomás, a dos cuadras de allí, tambaleándome. Me apoyé en la baranda del pequeño muelle. Es más exacto decir que mis dedos se clavaron en la madera como garras. Recién ahí, con el agua ante mi vista, logré tomar una bocanada de aire. Larga como el padecimiento de mi padre. Y vomité por los ojos todo el horror de lo visto esos últimos días.

Papá en la cama del hospital parece un bebé. El escaso cabello despeinado, el torso desnudo envuelto en sábanas blancas. La expresión de ingenuidad. La mirada perpleja al verme atravesar la puerta. Brandon Teena es rodeado y hostigado por la madre y los amigos de la mujer que ama. El círculo se estrecha a su alrededor. Son perros a punto de despedazarlo. El interior del cuerpo de papá plagado de bultos informes que se hacen visibles cuando exhala el aire. John Lotter y Tom Nissen sujetan a Brandon, lo encierran en el baño, lo golpean y lo desnudan. Obligan a su novia a mirar sus genitales. Papá tiembla y se retuerce. Reza. Aprieta los dientes. Maldice al Cielo sin palabras, con el puño en alto. John y Tom esperan a Brandon fuera de la casa. Lo llevan en coche a un lugar solitario. Lo golpean. Lo vuelven a desnudar. Lo violan. Papá se atraganta. Tose. Lo tomo de los hombros y levanto su torso. Abre los ojos enormes. La cara roja, las venas de la frente y del cuello están por reventar. El ojo vivo me mira sin verme. El ojo muerto mira hacia cualquier lado. Brandon recibe un disparo en la cabeza. Su sangre mancha la pared. Acuchillan su cuerpo inerte. Otro disparo mata a su amiga Candace en presencia de su bebé.

Cinco años después, volví a cruzarme con Hilary Swank. En el hospital Cetrángolo. Mi compañero de habitación hacía zapping y se detuvo en Million dollar baby. Me preguntó si estaba de acuerdo. Respondí que sí. No me llamaba mucho una película sobre una boxeadora, pero ¿por qué iba a decirle que no? Si el que quería ver televisión era él. En todo caso, yo podía dedicarme a mirar el árbol de la ventana o a toser y drenar aire y sangre por el agujero que tenía en el costado, lo único que se me pedía que hiciera en ese lugar. O a pensar cómo reconstruir mi vida. O todo eso junto. Pero Hilary me atrapó de nuevo.

No entreno a chicas. Quizás debería. Los que me ven pelear dicen que soy muy dura. Niña, ser dura no basta. La tenacidad. Eso fue lo que captó mi atención. Pierdes el tiempo: ya te dije que no entreno a chicas. Creí que le convencería. La fuerza de voluntad. El cuerpo llevado al extremo de lo soportable. Si existe alguna magia en el boxeo, es la magia de presentar batalla más allá de la resistencia. Más allá de las costillas fracturadas, los riñones reventados y los desprendimientos de retina. La autodestrucción. No respiras bien, por eso jadeas. Justamente por eso estoy acá. ¿O te pensás que por gusto me dejé clavar este tubo en el costado del cuerpo? No soy masoquista, aunque lo parezca. O sí lo soy y lo disimulo ante mí mismo, no lo sé. Mi viejo me puso mi segundo nombre por el Cristo. Por una canción de Alma y Vida que es una alegoría del Cristo. Tal vez por eso ahora estoy aquí, con una herida en el costado y los brazos en cruz, con una botella de suero enchufada en cada uno. El boxeo es un acto antinatural, porque todo va al revés. En vez de huir del dolor, como haría una persona cuerda, das un paso hacia él. Nunca me detengo. O casi. No por propia voluntad. No duermo, no como y sigo andando, doscientas cincuenta cuadras por día con ocho animales atados a la cintura. Saco mi fuerza del estómago. Llevo un volcán aquí dentro. Si me detengo, me consume. Debo inmolarme para aplacar su furia. Pero la carne es débil. Mi carne no está a la altura de mi voluntad. Por eso estoy acá, esperando que me lleven al quirófano. No respiras. Siento discrepar con usted. Cada vez que estás bajo presión, aguantas la respiración. Deja de hacerlo. De acuerdo. Hicieron lo posible por evitar operarme. Sin éxito. Vamos a tratar de que lo resuelvas vos solo, dijo el médico. Lo único que tenés que hacer es toser. Para drenar el aire atrapado en la pleura. Caminar y toser. Toser con este tubo en el costado duele como la concha de su madre. El músculo se contrae alrededor del tubo y sentís como si te clavaran un cuchillo. Pero yo nunca me detengo. Si hay que caminar y toser, camino y toso. Más que cualquiera de los que están internados aquí por lo mismo que yo. Más que todos los que han estado internados alguna vez y los que lo estarán desde hoy hasta que el tiempo derribe estas paredes y no deje piedra sobre piedra. Camino por el pasillo, ida y vuelta. Toso cuando llego al medio y a los dos extremos. Toso y mis piernas tiemblan. Me apoyo en la pared, el agua del frasco que llevo al costado burbujea y se tiñe de rojo. Mi papá tenía un pastor alemán: Axel. Axel tenía los cuartos traseros tan mal que se arrastraba de una habitación a otra con las patas delanteras. Mardell y yo nos partíamos de la risa viéndole deslizarse por el suelo de la cocina. Toso fuerte. Y dejo que la mano fantasma clave su puñal en mi costado. ¿Ves? ¡Así tenés que toser!, le dice, señalándome, un tipo a su hijo de veinte años. No esa tosecita maricona que hacés vos. Hago esto durante quince minutos una vez por hora. Los cuarenta y cinco minutos restantes los paso echado recuperándome del dolor. Creí que lo lograría, lo que mostraban las radiografías era alentador. Pero hoy el pulmón volvió a colapsar. Altayrac, veo una operación en tu futuro, dijo el médico. Ambos reímos. Y aquí estoy, a cuarenta y ocho horas de ser operado, viendo en la televisión a una boxeadora rompiéndose el cuello con una banqueta, quedando paralítica y mordiéndose la lengua para suicidarse. Bueno… Desconectaré tu respirador y te dormirás. Luego, te pondré una inyección y permanecerás dormida.

Lo has hecho de nuevo, Hilary.

Bienvenida la destrucción temida. El estruendo de la fortaleza que se derrumba. Los escombros, ellos mismos otra fortaleza, inexpugnable. Bendita muerte y resurrección. (No) quiero volver a verte, Hilary Swank. En mi próximo trance terrible, si enciendo la televisión y te encuentro, (no) cambiaré de canal.

viernes, 22 de abril de 2016

HOY NO

Algún día hablaré sobre cómo fui destruido y sobre cómo resurgí de mis escombros, pero ese día no será hoy. Decir que hablaré de ambas cosas no es del todo exacto, ya que ambas cosas no son sino una. Los límites del lenguaje me obligan a nombrar como dos movimientos lo que es uno solo, o yo decido hacerlo así, no me queda claro. Hagan de cuenta que estoy hablando de dar vuelta un guante, o una media. Hagan de cuenta que estoy hablando de eso, aunque no lo estoy haciendo, ya que no hablaré de eso hoy, sino mañana. Tal vez.

miércoles, 17 de febrero de 2016

domingo, 19 de abril de 2015

LA GLORIA DE DIOS

La mujer del viejo Urdániz parió dos sirenitas. Mellizas. Dos niñas con las piernas pegadas.

La abuela de Alejandro, partera del pueblo, asistió a la mujer en el alumbramiento.

Cuando le mostraron a la primera niña, el viejo Urdániz permaneció en silencio. Al ver a la segunda, soltó una blasfemia.

Los Urdániz nunca habían sido muy sociables, pero a partir de entonces lo fueron menos. Pocas personas ajenas a la familia volvieron a pisar la casa.

Antes del año, las sirenitas aprendieron a desplazarse arrastrándose por el suelo. El viejo Urdániz las vistió con costales de harina y las llevó al patio del fondo. Las largó en la fosa en la que vivían los conejos. Allí se quedaron a vivir ellas también.

La abuela de Alejandro era vecina de los Urdániz. Sus patios lindaban. Siempre que Alejandro visitaba a su abuela y jugaba en el fondo, trataba de ver a las sirenitas. La ligustrina se lo impedía. Una esquina del alambrado estaba libre, pero allí su abuela le prohibía acercarse. Tenía que conformarse con escuchar.

Las sirenitas cantaban. Imitaban lo que sonaba en la radio que la gente de la casa apoyaba en la ventana. No sabían hablar. Graznaban, chillaban. Tangos, zambas, bagualas.

—Abuela…

—¿Qué, pichón?

—¿Cómo son las sirenitas?

—Son unas nenas preciosas. Muy bonitas de cara. De ojos grandes, azules como el cielo. Lo único que tienen feo son los dientes. Todos puntudos.

Una noche que Alejandro estaba de visita, vinieron a buscar a su abuela para que asistiera a una parturienta.

—¿Usted se puede cuidar solo, m’hijo?

—Claro, abuela. Yo me arreglo.

—Vuelvo en un par de horas y termino de cocinar. Si le agarra hambre, puede picar un poco de aquel salamín. Ahí tiene pan.

De modo que Alejandro sabía que su abuela no volvería antes de las once.

Tomó la linterna del cajón de las herramientas y salió al fondo de la casa. El chasquido de la puerta mosquitera de madera a sus espaldas lo sobresaltó. Con cautela, iluminando el camino, dirigió sus pasos hacia la esquina prohibida del alambrado.

Pudo ver el patio de los Urdániz sin interferencia. La luz de la luna se derramaba sobre la fosa de los conejos, cuadrada, extensa como una pileta. Sólo quedaba a oscuras un ángulo, cubierto por la sombra de la higuera. Allí se movían formas indefinidas. Apuntó con la linterna a ese sitio.

Un conejo. Otro.

Creyó ver algo que se arrastraba, alejándose de la luz. Apuntó en esa dirección.

Los ojos rojos de otro conejo.

Seguía pareciéndole que algo lograba eludirlo.

Giró el foco para agrandar el haz de luz.

Un chillido, demasiado cercano, le hizo soltar la linterna. No la necesitó para volver a la casa como un relámpago.

miércoles, 18 de marzo de 2015

DESPOJADO

La mujer apoyó el libro en el mostrador.

¿Qué libro era? ¿Uno de arte? ¿Uno de filosofía?

No lo recuerdo. No le presté atención, estaba haciendo varias cosas a la vez.

Le cobré.

—¿Me lo envolvés para regalo? —pidió.

—Cómo no —dije.

Hice el paquete. Cuando estaba a punto de ponerle el moño, me detuvo.

—Sin moño, por favor —dijo—. Si no, mi hijo me lo tira por la cabeza. Es minimalista.

Quedé inmóvil, con el moño en la mano, pegado a los dedos. Levanté la vista, la miré a los ojos. Su expresión era grave. Parpadeé. Volví a mirar el moño. Lo pegué en el mostrador.

Pobre mujer…, pensé.

La imaginé golpeando la puerta del cuarto de su hijo.

—Andrés…

Contra el pecho sujeta un paquete a lunares, con un moño enorme, dorado. Su hijo no contesta. Ella prepara el puño para golpear nuevamente, pero a último momento titubea. Da un solo golpe, casi inaudible.

—Andresito…

Espera. Aguza el oído. Tal vez su hijo duerme, o salió sin avisarle. Da media vuelta y se dispone a retirarse. La voz de su hijo la frena en seco.

—¡¿Qué querés?!

—Andresito… —dice ella, volteándose de nuevo—. Tengo algo para vos…

Le habla a la puerta cerrada como si en ella viera el rostro de su hijo.

Otra vez el silencio. Sus facciones se contraen del dolor. Nunca sabe cómo actuar con su hijo. ¿Cuándo se convirtió su niño en este extraño?

—¡Pasá! —dice su hijo, finalmente.

Ella oculta el paquete tras de sí y abre la puerta.

El lugar parece más grande de lo que es por lo vacío que se encuentra. Es más despojado que mi departamento, incluso. No hay cuadros ni ningún elemento decorativo. No hay ventanas, Andrés las hizo tapiar para que nada interrumpiera el blanco impoluto de las paredes. El trabajo fue hecho tan concienzudamente, bajo supervisión estricta de él mismo, que es imposible adivinar dónde estaban ubicadas las aberturas. El piso, de porcelanato, también es blanco. El único mobiliario, si puede ser llamado así, es un cubo de madera laqueada, negro, colocado en el centro exacto de la habitación.

Sentado sobre él está Andrés —enorme: un metro noventa, ciento veinte kilos—, con otro cubo entre las manos, pequeño. Es similar a un Rubik, pero blanco y negro. Pasa gran parte del día encerrado, dándole vueltas a este artefacto. No trabaja, no estudia. Está cerca de cumplir los cuarenta años y sigue siendo mantenido por su madre. Su padre los abandonó cuando él era un niño pequeño.

La mujer entra a la habitación y se para frente a su hijo. Sonríe, aún con las manos detrás de la espalda.

Andrés no interrumpe lo que está haciendo.

La sonrisa de la mujer se va desdibujando.

—Hijo… —dice—. Te traje un regalo…

Sin dejar de manipular el rompecabezas, Andrés levanta la vista fugazmente y de nuevo se enfrasca en lo suyo.

—¿No querés ver lo que es? —dice la mujer después de un rato.

Andrés resopla. Deja caer los brazos pesadamente a los costados del cuerpo.

—Bueno, dale… —dice.

La mujer vuelve a sonreír, como si no percibiera en el rostro de su hijo la mueca de desdén, con algo de asco. Le tiende el paquete.

Andrés no lo toma. Sólo lo mira con una expresión de desagrado profundo. El Rubik bicromático resbala de su mano y rebota contra el piso. El recinto devuelve el eco del repiqueteo.

—¿Qué pasa, hijo?… —pregunta la mujer—. Es un libro… De un autor que te gusta… Abrilo…

Andrés le arranca el paquete de las manos. Lo sostiene ante sí, sin quitarle la vista de encima. Sus dedos aprietan cada vez más fuerte, hasta volverse blancos. Tiembla. Es un volcán por entrar en erupción. Estalla en un rugido.

—¡Tiene moño!

—¡Claro, hijo! —dice la mujer con voz lastimera—. ¡Es un regalo!…

—¡¿Cuántas veces te tengo que repetir que soy minimalista?! —grita Andrés, y clava en su madre los ojos fieros.

La mujer conoce ese gesto. Sabe que cuando su hijo la mira así, lo más conveniente es… correr.

Antes de alcanzar la puerta, recibe el impacto del paquete en la nuca. Un libro grande, pesado como un ladrillo. La caída de los gigantes, de Ken Follett, o alguno de la saga Canción de hielo y fuego.

Traumatismo de cráneo. Ocho días internada y un mes de reposo domiciliario.

Los moños no son minimalistas, ha aprendido la lección. Nunca la olvidará.

martes, 17 de febrero de 2015

CUARTA VUELTA

Hoy, Carne con Alambre cumple cuatro años. Y sigue dándome tanta satisfacción como al comienzo. A pesar de que hoy día no es tan visitado como lo fue en algún momento.

Eso parece ser una tendencia en los blogs en general. Cuando yo comencé con este, ya había gente diciendo que los blogs habían muerto. Yo no viví la edad de oro de la blogósfera, llegué un poco más tarde. Númenor ya se había hundido y los pocos Dúnedain sobrevivientes se habían transformado en vagabundos a caballo. Sin embargo, llegué a tiempo para conocer varios blogs maravillosos. Presencié la muerte de algunos, con mucho pesar de mi parte. Otros siguen con vida, aunque entre esos los hay que han caído en un sopor profundo, como princesas de cuento de hadas. O como borrachos en una taberna a la madrugada. Depende. Según el caso.

Hay quien dice que a los blogs se los está tragando Facebook, como la Nada a la tierra de La historia interminable. Esto me parece extraño, porque yo los veo como dos medios con dinámicas muy diferentes, que no pueden ser reemplazados el uno por el otro. Pero tal vez sea así, no lo sé.

Sea como sea, Carne con Alambre tiene la intención de ser uno de los trescientos espartanos defendiendo el paso de las Termópilas, aunque tenga que morir en el campo de batalla. ¡Bienvenidos aquellos y aquellas que quieran acompañarme en esta aventura!

A lo largo de estos cuatro años, este ha sido un espacio de intercambio de ideas. Un espacio de expresión; pero también un espacio social, de interacción. Y esa es una de las cosas que lo han hecho tan gratificante para mí. Ya he dicho que todas las veces que fue posible generé un encuentro en persona con la gente que conocí por este medio. Así como hubo una merma en el tránsito virtual, también la hubo en el intercambio cara a cara: este año, a diferencia de los anteriores, no tuve encuentros personales.

Virtualmente, se sumaron —por orden de aparición—: NsNc —en la dulce espera—, COSME FULANITO —que opina que nivel cultural es proporcional a índice de coeficiente intelectual—, Coneja —que admira el pelo sin frizz de las coreanas—, Alma vacía —que se peleaba con su madre y se iba a lo de la abuela Violeta—, WOLF —que piensa que La Divina Comedia es muy PRO—, Bell —que espera a Plutón—, Cecilia Berry —que podría hacer un lindo blog con los pequeños textos que ha comenzado a escribir—, José A. García —demiurgo—, Karina de Boquita —cuyo blog murió recién nacido— y NoeliaA —creadora de tulpas—.

Y  siguen acompañándome —ya son amigos de la casa—: El Señor Potoca —a quien le parecen estúpidas las maldiciones de Dios, ¿escuchaste, Dios?—, José Gabriel —que ama las frases de mi tío—, Gabriela Aguirre —que juega al Tetris con el tacho de basura—, Mateo —que partió siendo Teseo y volvió siendo Odiseo—, Lunática —que huye el día de su cumpleaños—, Valeria —futura abogada—, Rosi Ta —amiga de cuadrúpedos—, Hugo —cuyo blog recientemente fallecido me ha dado muchas satisfacciones en forma de música—, Alejandro Cossavella —que volvió a las andanzas y, con gusto de mi parte, habilitó de nuevo los comentarios de su blog—, Dan —a quien exigen que desconozca lo que desconoce—, Yoni Bigud —que prometió recomendarme en Kipling’s—, Lorena —asediada por su ginepsicólogo—, Bigote Falso —que ya es revista por segunda vez y tuvo la gentileza de publicarme—, Viejex —hijo de un tigre—, Nachox —con quien compartimos el gusto por la historieta—, Belén Be —Dibujante y poeta— y Ariel Panchez —Radagast urbano—.

Por todos ustedes, alzo este cáliz rebosante de néctar y brindo por la amistad duradera.

¡Salud!

domingo, 25 de enero de 2015

DIBINA PROBIDENSIA

Alejandro me cuenta:


Una vez, en la escuela secundaria, encuentro en el recreo a una compañera llorando desesperada.

—¿Qué te pasa? —le pregunto.

—¡Que me van a reprobar en el examen de lengua! —dice—. ¡Y mis viejos me van a matar!

—¿No estudiaste?

—¡Sí! ¡Pero es muy difícil! ¡No entiendo nada! ¡Me van a bochar! ¡Mis viejos me matan! ¡Me matan!

Entonces, trato de calmarla.

—Tranquila… —le digo—. Vas a ver que es más fácil de lo que creés. Cuando estés sentada frente al examen, te va a salir todo.

La piba se tranquiliza un poco. Se seca las lágrimas, suspira y me dice:

—Dios te oya.

domingo, 28 de diciembre de 2014

IR A POR LANA Y SALIR AHORCADO

Ester, capítulo 6 al 9.


Aquella noche, el sueño huyó de Jerjes, por lo cual mandó que trajeran el libro de las crónicas reales y que lo leyeran en su presencia. De modo que sus siervos, como padres contando cuentos al hijo para que se duerma, fueron narrándole diferentes sucesos: que en tal año el rey ganó tanta guita, que en tal año conquistó tales tierras, que en tal año derrotó a Leónidas de Esparta, que en tal año se peleó con la reina… Y así hasta que llegaron al episodio de Mardoqueo salvando a Jerjes del atentado en su contra planeado por los centinelas de la puerta. (1)

—¿Y cómo se premió a este hombre? —preguntó Jerjes.

Los siervos se miraron entre sí, con cara de «ni idea…». Hojearon un cacho el libro buscando la respuesta —lo hojeaban entre varios porque era un libro grandote—.

—Parece que de ningún modo, señor —dijo uno—. Acá no dice nada… (2)

—¡¿Pero cómo?! —exclamó Jerjes—. ¡Hay que corregir esto inmediatamente!

Entre una historia y otra, ya había amanecido. Y Hamán llegaba al aposento real para pedir a Jerjes que Mardoqueo fuera colgado en la horca que había hecho preparar para él.

—¿Quién está ahí afuera? —preguntó Jerjes.

—Hamán, señor —respondieron los siervos.

Que entre —dijo Jerjes. Los siervos lo hicieron pasar—. ¡¿Cómo andás, amigo?! Te hago una pregunta. ¿Qué debe hacerse por el hombre que el rey se complace en honrar?

«Este me debe querer homenajear a mí», pensó el boludo de Hamán, (3) y respondió:

Para el hombre que el rey se complace en honrar, tráigase uno de los trajes que el rey viste, y el caballo en que monta el rey. Y dense el traje y el caballo en mano de uno de los príncipes más nobles del rey, para que vista así al hombre que el rey se complace en honrar, y le haga pasear a caballo por las calles de la ciudad, y pregone delante de él: ¡Así se debe hacer al hombre que el rey se complace en honrar!

—Genial —dijo Jerjes—, me encantó. Apurate, agarrá uno de mis trajes y mi caballo, y hace eso con el hebreo Mardoqueo, el que se sienta en la puerta del palacio. Que no falte un detalle, hacé tal cual dijiste. (4)

Así hizo, pues, Hamán. Y, luego de tamaña deshonra, se fue precipitadamente a su casa, lamentándose y con la cabeza cubierta.

Más tarde, Jerjes y Hamán fueron al segundo banquete de Ester. Y Jerjes volvió a preguntar:

¿Cuál es tu petición, oh reina Ester? Hasta la mitad del reino te será otorgada.

A lo cual respondió Ester:

¡Si he hallado gracia en tus ojos, oh rey, y si al rey le place, séanme concedidas mi vida y la de mi pueblo! ¡Porque hemos sido entregados, mi pueblo y yo, para que nos exterminen!

—¡¿Qué?! —dijo Jerjes—. ¡¿Quién fue el hijo de puta que hizo eso?!

—¡Hamán! —dijo Ester, señalándolo acusadora. (5)

Así fue como Hamán se enteró de la cagada que se había mandado. Ya que, hasta ese momento, Ester seguía ocultando su origen hebreo, a pedido de Mardoqueo.

Lleno de ira, Jerjes se levantó de la mesa y salió al jardín del palacio, intentando sosegarse un poco. Mientras tanto, viendo que su destino pendía de un hilo, Hamán rogó a Ester por su vida. Cuando Jerjes volvió al salón, Hamán, con el rostro bañado en llanto, se había dejado caer sobre el lecho en el que se reclinaba Ester.

—¡¿Y ahora el hijo de puta se quiere violar a mi mujer en mi propia casa?! —dijo Jerjes. (6)

Pónganse las pilas, guionistas bíblicos, este equívoco parece de película de Olmedo y Porcel.

Para colmo de males, en ese momento, entró al salón un eunuco re botón diciendo:

—¡Patroncito, patroncito! ¡Hamán preparó una horca para colgar a Mardoqueo, que tanto ayudó al patroncito! (7)

Ese fue el tiro de gracia.

¡Colgadle a él mismo en ella! —ordenó Jerjes.

Así lo hicieron y eso apaciguó la ira del rey.

Luego de esto, Jerjes entregó a Ester la hacienda de Hamán. Y Ester reveló su parentesco con Mardoqueo, por lo cual este fue recibido por Jerjes con todos los honores.

¿Final feliz?

Aún no. Porque los decretos sellados con el anillo del rey eran irrevocables. De modo que la orden de exterminar a los hebreos el día trece del mes de Adar seguía en pie, por más que le pesara al mismísimo rey.

¿Cómo podré yo ver el mal que alcanzará a mi pueblo? —se lamentaba Ester—. ¿Y cómo podré ver la destrucción de mi parentela?

—Vamos a hacer una cosa —dijo Jerjes—: ustedes redáctense lo que se les ocurra que pueda servirles de ayuda, y yo les doy mi anillo para que lo sellen. —Le quitó el anillo al muerto y lo lanzó hacia Mardoqueo—. ¡Atajá! Quedátelo, cualquier cosa te lo pido. (8)

Mardoqueo, pues, escribió que el rey había concedido a los hebreos que en cada ciudad se reuniesen y se pusiesen sobre la defensa de sus vidas, exterminando toda la fuerza armada del pueblo o provincia que les acometiese, junto con sus niños y sus mujeres, (9) el día trece del mes de Adar. Y se enviaron copias del edicto a todas las provincias del reino.

Finalmente, el día en que los enemigos de los hebreos esperaban tener el dominio sobre ellos, sucedió todo lo contrario: fueron los hebreos quienes tuvieron el dominio sobre sus enemigos. Y mataron de ellos a setenta y cinco mil quinientos. (10)

Por la noche, entre arrumacos, Ester le pidió a Jerjes permiso para seguir masacrando a sus adversarios al día siguiente.

¿Cómo negarle algo a la luz de sus ojos?

—Lo que vos quieras, preciosa… —dijo Jerjes. (11)

—¡Gracias! —dijo Ester—. ¡Sos un amor!


(1) Ester 6:2
(2) Ester 6:3
(3) Ester 6:6
(4) Ester 6:10
(5) Ester 7:5, 6
(6) Ester 7:8
(7) Ester 7:9
(8) Ester 8:2, 8
(9) Ester 8:11
(10) Ester 9:6, 16
(11) Ester 9:12-15

domingo, 14 de diciembre de 2014

MALENTENDIDO

Cuando sus hijos eran chicos, Alejandro tenía un videoclub. A veces, llevaba a los pibes al local. Si se ausentaba por un rato, para hacer algún trámite o alguna compra, les daba instrucciones de que no abrieran a nadie y los dejaba viendo una película infantil. Un día, al regresar, notó que las películas pornográficas estaban un tanto desordenadas, como si alguien las hubiese manipulado durante su ausencia. Al tiempo, ocurrió lo mismo y Alejandro comenzó a sospechar que sus hijos aprovechaban sus salidas para ver pornografía.

Queriendo confirmarlo, decidió tenderles una trampa: les dijo que estaría afuera una hora, se fumó un pucho en la esquina y volvió minutos después.

Abrió la puerta de golpe. Encaró derecho para el fondo. Oyó los gritos susurrados de sus hijos y ruido de cosas que caían. Cuando llegó a la trastienda, los dos mayores —de ocho y nueve— lo esquivaron y salieron corriendo.

—¡Ey! —dijo Alejandro—. ¡Vengan para acá, pendejos de mierda!

Pero los pibes alcanzaron la puerta y huyeron del local.

A Martín —de cuatro años—, en cambio, Alejandro lo encontró paradito junto a la videocasetera, muy tranquilo. A sus pies, descansaba la caja de la porno que sus hermanos no habían llegado a sacar del aparato.

—¡Estaban mirando una película porno! —interpeló Alejandro, algo desconcertado por la actitud impasible del niño.

—¡No, papá! —dijo Martín, con una expresión de sorpresa tan genuina que dejó a su padre más desorientado aún.

—Ah, ¿no? —dijo Alejandro. Levantó del piso la caja del video y la mostró a su hijo—. ¿Y esto qué es?

—Es una película de una señora que le chupa el pito a su marido…

domingo, 30 de noviembre de 2014

EL REY EXTIENDE SU CETRO

Ester, capítulos 4 y 5.


Cuando Mardoqueo supo del edicto que Hamán había redactado mandando exterminar a todos los hebreos del reino, rasgó sus vestidos, se plantó en la puerta del palacio real y se puso a llorar a los gritos. Entonces, Ester encargó a uno de los eunucos que la asistían que averiguara por qué motivo hacía esto Mardoqueo. El eunuco fue hasta la puerta del palacio, y Mardoqueo le contó todo lo que había pasado y envió con él mensaje a Ester pidiéndole que intercediera por su pueblo ante Jerjes.

Ester recibió el mensaje y mandó decir a Mardoqueo:

Hace treinta días que yo no he sido llamada a presencia del rey. Y es bien sabido que cualquier hombre o mujer que se presenta ante el rey sin haber sido llamado es condenado a muerte, salvo aquel a quien el rey extiende su cetro de oro para que viva.

A esto, Mardoqueo respondió:

—A ver si nos entendemos, piba… ¿Vos te creés que por ser reina te vas a salvar de que te hagan boleta como al resto de los hebreos? Te aviso que no, eh… Así que fijate… (1)

Ester reflexionó un momento y, finalmente, mandó decir a Mardoqueo:

—O.K., Voy a presentarme ante el rey, aunque eso vaya contra las reglas. Y si me tengo que morir… ¡que me muera! (2)

Tres días después, se puso sus mejores pilchas y fue hasta la casa de Jerjes —el rey y la reina vivían en el mismo palacio; pero, dentro del mismo, en edificios separados—. Se quedó de pie en el patio interior que estaba frente a la sala del trono real, y Jerjes, desde el trono, la vio y extendió hacia ella su cetro de oro. Entonces, acercóse Ester y tocó la punta del cetro. Y se ve que la tocó muy bien, porque ahí nomás Jerjes le dijo:

¿Qué quieres, oh reina Ester? ¡Hasta la mitad del reino te será concedida!

A lo cual respondió Ester:

Si al rey le place, venga el rey, y Hamán con él, hoy, al banquete que le tengo preparado.

Fueron, pues, Jerjes y Hamán al banquete que había preparado Ester. Y allí, Jerjes volvió a preguntar:

¿Cuál es tu petición? Hasta la mitad del reino te será otorgada.

Venga mañana el rey —dijo Ester—, y Hamán con él, a otro banquete que prepararé. Entonces, diré al rey cuál es mi petición.

Hamán salió del banquete re contento; pero ver que Mardoqueo, sentado como siempre en la puerta del palacio, no se levantaba para saludarlo le arruinó el día. (3) Llegó a su casa y se reunió con sus amigos y su mujer. Y les contó que había estado en el banquete de Ester.

La reina no ha permitido entrar con el rey a ninguno sino a mí —dijo—, y mañana también estoy convidado por ella con el rey. ¡Mas todo esto de nada me aprovecha, mientras yo vea al hebreo Mardoqueo sentado en la puerta del rey!

—Chabón —dijeron sus amigos y su mujer—, ¿por qué no mandás a hacer una horca y mañana por la mañana hablás con el rey para que cuelguen a Mardoqueo en ella? Así vas a estar re feliz cuando llegues al banquete.

—¡Esa sí que es una buena idea! —dijo Hamán, e hizo preparar la horca. (4)


(1) Ester 4:13, 14
(2) Ester 4:15, 16
(3) Ester 5:9
(4) Ester 5:14

domingo, 16 de noviembre de 2014

EL PARAÍSO DE LOS DIBUJANTES CHICOS

Llegan libros de Zorro Rojo. Clásicos de la literatura ilustrados por dibujantes de renombre. Muy lindas ediciones.

—Mirá —le digo a Alejandro, tendiéndole uno de Lovecraft ilustrado por Enrique Alcatena—. Este era profesor mío en la escuela de historieta.

—Ah, sí… —dice Alejandro—. Quique Alcatena. Lo conozco. De cuando yo trabajaba en la distribuidora de historietas.

—Mirá vos… —digo—. No sabía que laburabas en una distribuidora de historietas.

—Te estoy hablando de hace veinte años… Si hoy me lo cruzo a Alcatena, no lo reconozco… Un tipo macanudo.

—Sí, un tipo macanudo. En la escuela de historieta los tuve de profesores a él y a Zanotto.

—Zanotto, sí. El de Bárbara. Bueno, de andar por las convenciones yo los conocí a todos. Otro que era macanudo era Solano López.

—Sí… Solano López vino una vez a la escuela a dar una charla, y también lo cruzábamos en las convenciones con los pibes con los que hacíamos una revista. Era un tipo piola.

—Con Alcatena y Solano López tengo una anécdota.

—¿Sí?

—Sí. Resulta que mi sobrino dibuja. Y ya dibujaba en esa época. Siete años tenía. Se la pasaba dibujando y leyendo historietas. Se leía todo. Era un fanático. Y un día pensé en preguntarle a mi hermana si me dejaba llevarlo a Fantabaires, que se hacía por primera vez ese año, para que conociera en persona a algunos de los dibujantes que tanto le gustaban. Pero el pibe me ganó de mano. Un día que vino de visita a casa, me encaró.

»“Tío”, me dijo, “¿no me llevás a Fantabaires?” Porque sabía que yo trabajaba con las historietas.

»“¿Y para qué querés ir a Fantabaires?”, le pregunté.

»“¿Cómo para qué quiero ir?”, me dijo. “Tío… Yo soy un dibujante.”

»“Ah, claro…”, dije yo. “Te entiendo. Vos querés ir a ver a los colegas.”

»“No, tío…”, me dijo. “Yo soy un dibujante chico. Colega le dicen los dibujantes grandes a otros dibujantes grandes…” Como diciéndome vos no entendés nada…

Me río.

—Qué pendejo divino… —digo.

—Entonces le pedí permiso a la madre —prosigue Alejandro— y lo llevé. Era todo ojos, el pibe. Mirando las historietas, los dibujos expuestos. Todo serio. Y en eso lo vemos a Solano López, sentado en un stand, firmando autógrafos. Yo ya lo conocía, así que los presenté.

»“Este es Solano López”, le dije al pibe. “Francisco, este es mi sobrino”, le dije a viejo. “Es dibujante.”

»“¡Mucho gusto!”, dijo Solano López, y le estrechó la mano. “Así que sos dibujante… Qué bien… ¿No me hacés un dibujo?” Y le puso una hoja delante.

»“Bueno”, dijo el pibe, y se puso a dibujar.

—¿Y estaba confiado o medio tímido? —pregunto.

—Se notaba que estaba nervioso. Dibujaba muy concentrado. Con la cara pegada a la hoja, atento a cada detalle. Tardó como media hora. Y cuando terminó, se lo dio a Solano, y el viejo miró el dibujo y dijo:

»“¡Muy bueno! Pero acá falta algo.”

»El pibe se lo quedó mirando con cara de sorpresa.

»“¿Qué?”, preguntó.

»“¡La firma!”, dijo Solano. “Un artista tiene que firmar sus trabajos.”

»“Ah…”, dijo el pibe. Y firmó el dibujo. Todo concentrado también.

»“Ahora sí”, dijo el viejo. “¡Qué buen dibujo!”

»Después seguimos recorriendo la exposición.

»“¿Viste lo que dijo Solano López de tu dibujo?”, le pregunté al pibe. “¿Estás contento?”

»“Sí…”, me dijo, pero era como que todavía no caía. Estaba en el aire. Y en eso lo veo venir a Alcatena.

»“Mirá”, le dije al pibe. “Ese que viene allá es Enrique Alcatena. Te lo voy a presentar.”

»“¿Cómo andás, Quique?”, le dije. “Te presento a mi sobrino. Es dibujante.”

»Te digo que preparado no podría haber salido mejor. Alcatena le da la mano y le dice:

»“¡Mucho gusto! ¡Ya nos volveremos a cruzar, colega!”

Me río.

—¡Qué bueno!… —digo.

—El pibe se quedó de una pieza —dice Alejandro—. No entendía nada.

»“¿Viste?”, le dije cuando Alcatena se fue. “¡Te dijo colega!”

»Y me miró. “¡Sí, me dijo colega!”, me contestó. Pero como diciendo ¡se equivocó!

»Días después, cuando la volví a ver, mi hermana se reía.

»“¡¿Me querés decir adónde llevaste a mi hijo?!”, me preguntó. “¡Volvió como loco! ¡Está todo el día hablando de Fantabaires! ¡Que Quique no sé cuánto, que Solano no sé qué! ¡Piensa tanto en eso que a la noche no puede dormir!”