Inevitable. Intervención quirúrgica.
Llego al hospital. Me anuncio en recepción. Me explican que seré preparado y trasladado al quirófano por un enfermero. Me indican dónde esperarlo.
Llega el enfermero.
—¿Te afeitaste? —me pregunta.
—¿Eh?… No sabía que tenía que afeitarme.
—¿No te dijo nada el doctor?
—No…
—Nunca avisa nada este pelotudo… No importa, te afeito yo.
Me desvisto. Me acuesto en una camilla. Con destreza y rapidez, el enfermero rasura mi pubis. Me coloca uno de esos camisones que te dejan el culo al aire. Parecen hechos para que la gente se burle de uno. Como las orejas de burro. O el alquitrán y las plumas en el Viejo Oeste.
Soy trasladado en la camilla a través de un pasillo. Veo pasar las luces del techo. Me hacen pensar en las series televisivas de médicos.
Ingreso al quirófano. Dos chicas con barbijo me esperan. Una está preparando el instrumental. El enfermero me ayuda a pasarme de la camilla a la cama de operaciones y se retira.
Entra en escena el doctor.
—Altayrac.
—…
—¿Nervioso?
—Un poco.
—Bueno, pensá que en media hora, cuarenta minutos, ya no vas a tener fimosis.
—…
Me cubren con una sábana que sólo deja libre la zona del pubis. Mi rostro también queda cubierto, para que no sea testigo del espectáculo sangriento.
Me untan con esa cosa líquida y amarillenta que te ponen siempre que te operan. Desinfectante o algo así.
—Te voy a aplicar la anestesia. Vas a sentir un pinchazo.
—…
—¿Duele?
—Un poco. Apenas.
—Un segundito y termino.
—…
—Ahora hay que esperar a que haga efecto.
Al rato.
—Te voy a pinchar. ¿Duele?
—¡Ay! Sí…
—¿Sí? Qué raro… Ya tendría que haber agarrado… Bueno, vamos a esperar un poco más.
Un poco más.
—¿Ahora?
—¡Ay! Sigue doliendo…
—¿Sentís dolor o una molestia? Mirá que esto corta el dolor nada más. Presiones, tirones vas a sentir.
—Me dolió. Sentí el pinchazo.
—A esta altura no te puede doler, Altayrac. Si estás susceptible, te volvés a tu casa y lo hacemos otro día…
Los médicos son seres superdotados que se clavan cosas en la pija sin sentir padecimiento alguno.
—…
—Bueno, vamos a esperar un rato más, entonces…
Un rato más, entonces.
—¿Sigue doliendo?
—No, ahora no.
—Bien. Podemos empezar.
Molestias. Presiones. Tirones. Cortes. Suturas internas. Suturas externas. Matambre.
A mi derecha, una de las chicas. Cada vez que se me tensionan las piernas, me aprieta el brazo suavemente.
—Bueno… Listo, Altayrac. Ya no tenés fimosis. Dentro de cuarenta y ocho horas te sacás la venda y te lavás bien, con jabón blanco. Los puntos se van a caer solos. No hagas esfuerzo, no levantes peso y hasta dentro de tres meses no la podés usar para otra cosa que no sea mear. ¿Entendido?
—Entendido.
—Eso es todo, entonces. Ahora te mando al camillero.
Se va.
—¿Alguna vez habías trabajado con éste?
—No.
—Dicen que está loco.
Sonrío. Ojos claros con barbijo me mira.
—¿De qué te reís, Altayrac? Vos no tendrías que estar escuchando esto.
Los dos barbijos se ríen. Entra el enfermero.
—¿Qué pasa? ¿Hay joda acá? ¿De qué se ríen?
—De tu amigo Ventura.
—Ah, del pelotudo ese… ¿Listo, flaco? Esperá que te ayudo.
—Bueno, Altayrac, un gusto —me dice uno de los barbijos—. Lástima que no nos conocimos en otra situación.
—Lo mismo digo.