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miércoles, 8 de junio de 2011

HISTORIA DE MI PENE (Epílogo)

   Cuarenta y ocho  horas. Me saco la venda.
   Hinchado. Más de un costado que del otro. Deforme. Morado. Cicatriz. Cascaritas. Mordido por un pit bull.
  Las erecciones duelen. Mear no. No conviene usar vaqueros. Si levantás peso, sangra. Lo digo por experiencia propia. Llantas de camión en el laburo. Y… si vamos a hacerlo, vamos a hacerlo bien.
   Relaciones sexuales. Las tuve antes de los tres meses, Doctor Ventura.
   Tal vez algún día cuente esa historia.

miércoles, 1 de junio de 2011

HISTORIA DE MI PENE (Capítulo Final)

   Inevitable. Intervención quirúrgica.
  Llego al hospital. Me anuncio en recepción. Me explican que seré preparado y trasladado al quirófano por un enfermero. Me indican dónde esperarlo.
   Llega el enfermero.
   —¿Te afeitaste? —me pregunta.
   —¿Eh?… No sabía que tenía que afeitarme.
   —¿No te dijo nada el doctor?
   —No…
   —Nunca avisa nada este pelotudo… No importa, te afeito yo.
  Me desvisto. Me acuesto en una camilla. Con destreza y rapidez, el enfermero rasura mi pubis. Me coloca uno de esos camisones que te dejan el culo al aire. Parecen hechos para que la gente se burle de uno. Como las orejas de burro. O el alquitrán y las plumas en el Viejo Oeste.
   Soy trasladado en la camilla a través de un pasillo. Veo pasar las luces del techo. Me hacen pensar en las series televisivas de médicos.
  Ingreso al quirófano. Dos chicas con barbijo me esperan. Una está preparando el instrumental. El enfermero me ayuda a pasarme de la camilla a la cama de operaciones y se retira.
   Entra en escena el doctor.
   —Altayrac.
   —…
   —¿Nervioso?
   —Un poco.
   —Bueno, pensá que en media hora, cuarenta minutos, ya no vas a tener fimosis.
   —…
  Me cubren con una sábana que sólo deja libre la zona del pubis. Mi rostro también queda cubierto, para que no sea testigo del espectáculo sangriento.
   Me untan con esa cosa líquida y amarillenta que te ponen siempre que te operan. Desinfectante o algo así.
   —Te voy a aplicar la anestesia. Vas a sentir un pinchazo.
   —…
   —¿Duele?
   —Un poco. Apenas.
   —Un segundito y termino.
   —…
   —Ahora hay que esperar a que haga efecto.
   Al rato.
   —Te voy a pinchar. ¿Duele?
   —¡Ay! Sí…
  —¿Sí? Qué raro… Ya tendría que haber agarrado… Bueno, vamos a esperar un poco más.
   Un poco más.
   —¿Ahora?
   —¡Ay! Sigue doliendo…
   —¿Sentís dolor o una molestia? Mirá que esto corta el dolor nada más. Presiones, tirones vas a sentir.
   —Me dolió. Sentí el pinchazo.
  —A esta altura no te puede doler, Altayrac. Si estás susceptible, te volvés a tu casa y lo hacemos otro día…
   Los médicos son seres superdotados que se clavan cosas en la pija sin sentir padecimiento alguno.
   —…
   —Bueno, vamos a esperar un rato más, entonces…
   Un rato más, entonces.
   —¿Sigue doliendo?
   —No, ahora no.
   —Bien. Podemos empezar.
 Molestias. Presiones. Tirones. Cortes. Suturas internas. Suturas externas. Matambre.
  A mi derecha, una de las chicas. Cada vez que se me tensionan las piernas, me aprieta el brazo suavemente.
   —Bueno… Listo, Altayrac. Ya no tenés fimosis. Dentro de cuarenta y ocho horas te sacás la venda y te lavás bien, con jabón blanco. Los puntos se van a  caer solos. No hagas esfuerzo, no levantes peso y hasta dentro de tres meses no la podés usar para otra cosa que no sea mear. ¿Entendido?
   —Entendido.
   —Eso es todo, entonces. Ahora te mando al camillero.
   Se va.
   —¿Alguna vez habías trabajado con éste?
   —No.
   —Dicen que está loco.
   Sonrío. Ojos claros con barbijo me mira.
   —¿De qué te reís, Altayrac? Vos no tendrías que estar escuchando esto.
   Los dos barbijos se ríen. Entra el enfermero.
   —¿Qué pasa? ¿Hay joda acá? ¿De qué se ríen?
   —De tu amigo Ventura.
   —Ah, del pelotudo ese… ¿Listo, flaco? Esperá que te ayudo.
   —Bueno, Altayrac, un gusto —me dice uno de los barbijos—. Lástima que no nos conocimos en otra situación.
   —Lo mismo digo.

miércoles, 25 de mayo de 2011

HISTORIA DE MI PENE (Parte 8)

   A los veinte años, decidí hacerme cargo del asunto. No es que hubiese dejado de sentir miedo, sino que la frustración comenzó a pesar cada vez más en el otro plato de la balanza. Otra vez dos fuerzas antagónicas, como en el consultorio del Doctor Ropero diez años antes.
  Aunque sea difícil de creer, desde aquel episodio no había vuelto a intentar tirar el prepucio hacia atrás. De modo que desconocía cuál era exactamente el estado actual de la situación. A simple vista, me daba cuenta de que estando el pene erecto era imposible retirar el prepucio. Pero no sabía si podría hacerlo estando el pene flácido. Así que el primer paso fue probar esto último.
   Me senté en el inodoro por si me bajaba la presión, que de hecho fue lo que sucedió. Sólo pude liberar la mitad del glande.
  No sé si me daba más miedo la intervención quirúrgica o hablar del tema con alguien. En mi desesperación, para intentar evitar ambas cosas, se me ocurrió una idea.
   Película pornográfica. Cuando la tengo blanda, tiro el prepucio hasta la mitad. Miro las imágenes, me pongo al palo. El glande, creciendo, fuerza y estira el prepucio.
    Sí, eso dolió.
     No iba a poder solucionar el problema de ese modo.

miércoles, 18 de mayo de 2011

HISTORIA DE MI PENE (Parte 7)

   Pasó el tiempo. No me volvieron a mandar a lo del Doctor Ropero. Tampoco me volví a tirar el prepucio hacia atrás. Por ende, no lavaba bien el glande.
   A los quince años, como pronosticara el médico, tuve una infección urinaria. No le dije nada a nadie. Esperé que se fuera sola. Me salía pus y me ardía al orinar. Meaba una sola vez por día para sufrir menos. «Sufrir menos» es un decir, porque con tanta orina acumulada, sufría todo junto lo que me había ahorrado durante el día. Y aguantarme las ganas todo el tiempo tampoco era placentero. Después de semanas, un mes, no recuerdo, la infección pasó.
   Como dije al principio, por naturaleza era retraído. Y tenía dificultades para relacionarme con los demás, sobre todo con las chicas. Ese maldito Saturno en casa tres. Con el tiempo, me fui haciendo un poco más sociable. Y con algunas chicas que me gustaban, hoy día me doy cuenta de que había algo recíproco. Pero nunca me animaba a avanzar. No pasaba de regalar dibujos bonitos, pobre chico timorato. Sumado a mi timidez, estaba el tema de la fimosis. Cada vez que interactuaba con una chica y mi baja autoestima me permitía, al menos, sospechar que podía haber algo de onda, me abrumaba el tema no resuelto de mi pene. Si pasaba algo, tarde o temprano llegaría el sexo y el momento de enfrentarme a mi terror.
   A esa altura del partido, debido al crecimiento y al hecho de no haberlo tirado nunca más hacia atrás, el prepucio había vuelto a estrecharse. Se había «acostumbrado» a estar en esa posición. Ahora, la única solución posible era la intervención quirúrgica. Era tanto mi miedo que creía que nunca en mi vida tendría relaciones sexuales. Por suerte, con cuidado, podía masturbarme.
   He sabido de hombres que, por miedo a la operación, se bancaban tener relaciones con dolor.
   ¿Se imaginan? Gente más trastornada que yo.
   Si ese fuera mi caso, este blog se llamaría 
    CARNE CON ALAMBRE DE PÚAS.

miércoles, 11 de mayo de 2011

HISTORIA DE MI PENE (Parte 6)

   Consultorio del Doctor Ropero. Revisación médica de rutina. Ahí estoy yo, disimulando el pánico. Habiendo ocultado mi secreto durante meses; pero sabiendo que, a pesar de que no es el tema de la consulta, el Doctor Ropero va a querer ver mi «pistola».
   Abrí la boca. Sacá la lengua. Sacate la remera. Estás flaco. Sentate acá. Respirá profundo. Ahora por la boca. Decí treinta y tres. Tosé. Sacate las zapatillas y el pantalón. ¿Hongos? No. Parate en la balanza. Estás pesando muy poco. ¿A ver cuánto medís? Tendrías que estar pesando, por lo menos, cinco o siete kilos más. ¿Vas bien de cuerpo? Tenés que hacer algún deporte. Bueno, listo.

   ¿A ver la pistola?

   Cámara lenta. Me bajo el calzoncillo.

   Tirala para atrás.

  Dos fuerzas antagónicas. El miedo a tirar de mi pito hacia atrás. La figura imponente del Doctor Ropero. Yo pequeño. Entre el foso y los lobos.
   Acato la orden.
   Un leve tirón. Casi no duele.
   Sin embargo, una sensación de horror.

   Bien, pero hay que lavarse mejor la pistola. Eso blanco que se te junta ahí, esa ricota, puede hacer que se te infecte. ¿Entendés?
   Asentí.
   Listo, podés vestirte.
  Me agacho para levantar mi pantalón. Cuando me incorporo, todo se oscurece.
   ¿Te sentís bien? Estás pálido.
   …
   Sentate en el piso. Recogé las piernas. La cabeza entre las rodillas. Yo te voy a empujar la cabeza para abajo, vos empujá para arriba.
   Vomito.
  Tranquilo, después la chica lo limpia. Tenés que alimentarte mejor y hacer algún deporte, flaquito.

miércoles, 4 de mayo de 2011

HISTORIA DE MI PENE (Parte 5)

   Llegamos a casa con mi padrastro. Nos recibió mi madre, con cara de preocupación.
   —¡Guillermito, tesoro! ¡¿Cómo estás?!
   Me tocó la cara.
   —Bien…
   Se dirigió a mi padrastro.
   —¡¿Salió todo bien?!
  —¡Lo más bien! —dijo él, animadamente, como era su costumbre—. ¡Fue una tontería! —Me palmeó la espalda—. ¡Ya está todo arreglado!
   —¿Y ahora se tiene que curar la herida? —preguntó mi madre.
  —No —respondió mi padrastro—. Solamente se tiene que lavar bien cuando se ducha. —Me volvió a palmear—. Te acordás lo que dijo Medina, ¿no? Te tirás el pito para atrás y lo lavás bien.
   Asentí.
  Esa noche me duché. El agua en el pito me ardía. Lo tomé entre los dedos. Lo miré. No me animé a tirarlo para atrás. Tenía mucho miedo.
  —¡Raúl, fijate si Guille está pudiendo lavarse bien! —escuché que decía mi madre.
   Me puse tenso.
   La puerta se entreabrió.
   —¿Todo bien? —preguntó Raúl sin asomarse siquiera.
   —Todo bien —respondí.
   Se fue y suspiré aliviado.
   —Todo en orden, Susana.
   —¡Ay, que bueno! ¡Qué suerte que todo esté solucionado!
   Al día siguiente tampoco me animé. Ni al otro. Ni al otro…
  El fin de semana, papá también me preguntó por el asunto. Como no pidió mirar, lo pude engañar con tanta facilidad como a los demás.
  Había decidido no intentar tirar el prepucio hacia atrás nunca más, y guardar el tema en secreto por el resto de mi vida.
   ¿Lo lograría?
   Lo veremos en el próximo capítulo… 

miércoles, 27 de abril de 2011

HISTORIA DE MI PENE (Parte 4)

    Hospital militar. No recuerdo cuál.
   Llego en compañía de mi padrastro. Nos recibe mi pediatra, el Doctor Ropero. Nos escolta hacia el lugar en el que solucionarán el tema de mi pito.
   No es un consultorio. Es una habitación en la que guardan artículos de enfermería, de limpieza y otros trastos.
   El Doctor Ropero nos presenta al otro médico, del cuál no recuerdo el aspecto físico.
   Me acuesto en la camilla. Mi padrastro y el Doctor Ropero se quedan en la habitación. El interventor de pitos toma el mío con índice y pulgar de ambas manos.
  No me salteé ninguna parte. No hubo anestesia ni nada que se le parezca. Así suelen trabajar los militares.
  Irrumpe en la habitación un niño, de mi edad aproximadamente, confundido o para preguntar algo. O para agarrar una escoba, tal vez. Mira mi rostro, mi pito, a los tres adultos y se va sin decir una palabra.
   Muchos testigos. Demasiados, para mi gusto.
   —Ahí va —advierte el interventor.
   Y tira con fuerza hacia atrás.
   —Bueno, ya está.
   —¿Te dolió? —me pregunta el Doctor Ropero.
   —Sí.
   —¡¿Qué te va a doler?! ¡Si no fue nada! ¿Sos hombre o no sos hombre, che?
   No respondo. Desconozco el protocolo militar.
   —Bueno, ahora todos los días, cuando te bañás, te lavás bien la pistola. ¿Listo?
   Asiento con la cabeza.
   Listo un choto.
   Nunca mejor dicho.

miércoles, 13 de abril de 2011

HISTORIA DE MI PENE (Parte 3)

   Luego de sopesar las opciones, se decidió postergar la intervención quirúrgica hasta que yo fuera más grande. Mientras más chico es el niño, menos dolorosa es la operación; pero mientras más grande es, más preparado está, psicológicamente, para entender que lo que están haciéndole no es castrarlo.
   Pasó el tiempo. Papá y mamá se divorciaron. Mamá se juntó con mi padrastro. Ahora, el macho al mando era él, más fuerte que el anterior. Así que le hembra ya no tendría que encargarse del asunto del pene de la cría.
    Cumplí diez años.
   Mi padrastro tenía un médico amigo, militar. Un tipo alto y robusto como un ropero, que hablaba fuerte y al pito lo llamaba pistola. Él también consideró que mi problema se podía solucionar sin intervención quirúrgica.
   ¿El método?
   Algo parecido a lo que me hacía mi madre de chiquito por indicaciones del anterior pediatra. Sencillamente, un médico —no el ropero, otro— tiraría con fuerza de mi pito hacia atrás para liberar el glande.
   Suena duro, ¿no?
   Lo es.  

miércoles, 6 de abril de 2011

HISTORIA DE MI PENE (Parte 2)

   Yo era chiquitito. Tendría dos o tres añitos. El médico le dijo a mis padres que mi problema tal vez se podía solucionar sin intervención quirúrgica. Todos los días había que acostar al niño, desnudo, boca arriba, y tirar del pitito hacia atrás.
   Del asunto se hizo cargo mi madre, porque a mi padre le daba mucha impresión. Estos intentos no mejoraban nada. Y yo gritaba como si me estuvieran torturando.
   Finalmente, el médico dijo:
   —Vamos a tener que cortar el prepucio.
   A la salida, de la mano de mamá, le pregunté con voz asustada:
   —¿Me van a cortar el pito?

martes, 22 de marzo de 2011

HISTORIA DE MI PENE (Parte 1)

   ¿Por qué hablar de mi pene?
   ¿Por qué no?
   Es una parte importante de mi persona.
   Lo es de cualquier hombre, claro.
   Pero en mi caso —y en el de otros seguramente también— ha sido un eje importante de conflicto. Y como este ha comenzado siendo un blog de trastornos psicológicos, creo que es una buena idea hablar de mi pene.
   De adolescente, tenía problemas para relacionarme con mujeres. Era un muchacho timorato, de baja autoestima y con falta de confianza en su masculinidad.
   ¿Razones? Varias.
   Psicológicas: madre de alambre, padre débil —mi padre era una buena madre—, padrastro denigrante y cruel.
  Astrológicas (estoy estudiando astrología, de forma autodidacta por ahora —más adelante hablaré más de esto—): Sol en Virgo, Saturno en la casa tres —también en Virgo—, entre otros factores.
   Fisiológicas: mi pene.
   ¿Qué tenía de malo mi pene?
   Fimosis.
   ¿Qué es la fimosis?
   El prepucio demasiado largo y estrecho. El glande no sale a la vista.
   ¿Siempre es traumático para un niño tener fimosis?
   No necesariamente.
   ¿Por qué fue traumático en mi caso?
   Por incompetencia de los tres adultos a cargo.
   La seguimos después.