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domingo, 2 de septiembre de 2018

POSTAL

Mis padres me pusieron de nombre: «Aquel que nos salvará».

Hasta ahora no he salvado a nadie, ya que ello sucederá en el final de los tiempos. Sin embargo, toda mi existencia no ha sido ni es más que el arduo entrenamiento para tan importante tarea.

A mi hermano, mis padres lo han nombrado: «Aquel que no tiene salvación».

Él tampoco hace ni ha hecho otra cosa más que entrenarse para la tarea que le han encomendado imprimiéndosela en el nombre. Desde pequeño, ha adquirido el don de las anguilas, que se escurren entre los dedos de quien intenta sujetarlas.

En el final, él y yo, cara a cara, no podremos más que permanecer inmóviles hasta que los dioses, apiadándose, nos destruyan.

Con nuestros despojos, las manos divinas trazarán en el firmamento dibujos que carecerán de todo significado para quienes vendrán después de nosotros.

lunes, 18 de julio de 2011

TRACCIÓN A SANGRE

Paisaje desértico. Terreno rojizo. Carretera.

Los desperfectos comienzan a kilómetros de distancia de cualquier lado. Primero un ruido, un traqueteo, como de algo suelto. Después el motor se queja, reprocha el gran esfuerzo que está haciendo. Un esfuerzo enorme; pero, aún así, la velocidad no para de disminuir. Hasta que el auto se detiene. El motor gruñe, el caño de escape tose. Silencio.

Llave. Contacto. El motor: un caballo viejo que relincha. Y muere.

Llave. Nada. El caballo está muerto. Enterate.

Perplejidad. Esto no puede estar pasando.

Llave. Nada, idiota.

Parpadeo. Recuesto la espalda sobre el asiento. Echo la cabeza hacia atrás. Me quedo. Trato de respirar profundo. No puedo. Algo sube desde el estómago. Pasa por el pecho, arde, se detiene en la garganta. Lo detengo en la garganta, con la quijada apretada.

Los labios se retraen, los dientes a la vista. Y eso se escapa, entre los dientes, en forma de aire, de palabra.

—¡Dios!

Arriba no hay Dios. Está el techo de chapa. Caliente.

La yugular late. Las sienes laten.

—¡Dios!

Mis manos, como garras, clavadas en mis muslos. Los nudillos blancos.

—¡Dios!

Tiemblo. La carne dura. Llena de alambre. Siseo. Abro la puerta. Salgo. Doy un portazo. El calor del desierto se traga el ruido.

Lleno los pulmones de aire. Aprieto los puños. No alcanza.

Pateo la puerta. Primero una vez. Después tres veces. El auto no se queja.

Por el momento, es suficiente.

Ahora pensemos.

Pensemos, pensemos, pensemos.

Nada.

Algo baja desde el estómago. Pasa por el sexo, por los muslos, por los pies. Se lo traga la tierra.

Nada.

Camino. Cuatro pasos hacia un lado. Miro a lo lejos. Nada.

Cuatro pasos hacia el otro. Miro a lo lejos. Nada.

Me quedo. Algo grita en alguna parte. Ríe. Aletea.

El pecho cerrado. La sangre en los pies.

Miro hacia delante. Horizonte. No puede ser tan lejos.

Tomo aire. Abro la puerta. Una mano en el volante. Empujo el coche.

Los muslos duros. Cuesta.

Quijada apretada. Nudo en el estómago. El coche avanza.

Un paso, dos pasos, tres pasos.

El corazón: un tambor en los oídos. Es cuestión de agarrarle el ritmo.

Cuatro pasos, cinco pasos, seis pasos.

Los pies resbalan. Los muslos duelen. El estómago que gruñe entre los dientes.

—¡Dios!

A mí no me van a ganar. Clavo los pies en tierra. Retengo el aire. Inclino el cuerpo hacia delante.

El auto ofrece resistencia.

Saco fuerza del estómago. Hay de sobra.

El auto cede.

Siete pasos, ocho pasos, nueve pasos.

Después es fácil. Cada vez más fácil.

Paisaje desértico. Terreno rojizo. Carretera.

Así hasta el taller mecánico.

El viejo me mira.

Señalo el coche. Descubro que no hay coche. Descubro que no estoy señalando. Descubro que no tengo brazos.

El viejo me sigue mirando. Ojos grises. Nariz de buitre.

Sonrío, confundido. Miro hacia atrás.

Paisaje desértico. Terreno rojizo. Carretera.

Reguero de sangre. Un brazo. Una puerta.

Más allá, otro brazo. En alguna parte, un auto.

Algo grita. Ríe. Aletea.

viernes, 6 de mayo de 2011

LA MARSOPA

   Era éste un niño muy destructivo, de esos que disfrutan martirizando insectos y asesinando pajaritos.
    Jugando al gallito ciego había arrancado los ojos a todo un gallinero.
    Jugando al quemado había incinerado a un compañerito de escuela.
   Jugando a la casita robada había tomado de rehenes a una familia de vecinos, con los cuales, más tarde, jugó al ahorcado… y todos perdieron.
  Era un niño tan dañino que se le había metido en la cabeza la idea de matarle un camello a los Reyes Magos.
   Diluyó raticida en el jarrito con agua que su hermana había preparado para los tres animales y esperó. Toda la noche. Con los ojos abiertos como platos. Excitado. Tenso. Sudoroso.
   Cuál sería su decepción por la mañana al descubrir, desplomado sobre la alfombra del living, el cadáver de una marsopa.

martes, 1 de marzo de 2011

LA MADRE

   Era la mejor clienta del mercadito, y la que daba mejores propinas. Una mañana como tantas otras, la acompañé a su casa llevándole la mercadería. Hacía tiempo que se lo quería preguntar; pero cada vez que se presentaba la ocasión, me moría de vergüenza. Esa vez no ocurrió lo mismo, no sé por qué.
   Debe haber sido un milagro.
   —Hace tiempo que no se la ve a su hija por el mercadito… —le dije.
   —¿A cuál? —me preguntó.
  —A la más alta —respondí—. La de pelo castaño que tiene unas tetas así que dan ganas de chuparlas media hora.
   —Ah, Mariana…
  —Espero que no lo tome a mal, pero qué buenas tetas que tiene su hija…
   —Y… Salió al padre…
   Nos reímos. Me dio miedo de haberla ofendido.
  —No es por desmerecer a la petisa, eh… —le dije—. También está para darle, pero la otra es más mi tipo…
   —Qué se le va a hacer…
   —Y no nada más de adelante… De atrás también está bárbara su hija… El otro día estaba mirando una porno y me acordé de ella. Había una puta que tenía el culo como el suyo, todo redondo y paradito. Ojo, el de su hija está mejor; pero éste se le parecía muchísimo. Entonces me dije: «Hace tiempo que la hija de Doña Estela no pinta por el mercadito…».
   —Es que estamos en época de parciales. Se la pasa estudiando todo el día.
   —¿Qué está estudiando?
   —Odontología.
   —Va a ser una gran odontóloga su hija. Con ese culo, en cualquier cosa que haga le va a ir bien.
   Miró hacia el cielo.
   —Dios te oiga… —dijo.
   Proseguí.
   —Cómo la extraño a su hija… Me alegra las mañanas cuando viene al mercadito. Y más cuando me toca llevarle el pedido a mí. Ella siempre va adelante y yo aprovecho para mirarle el culito. Encima lo sabe mover, la muy puta… Para mí que eso lo aprendió de usted.
   Se rió.
   —Una hace lo que puede… —dijo.
   A esta altura ya me sentía en confianza.
   —No sabe las ganas que tengo de hacerle el orto a su hija —le dije—. Usted que la conoce, ¿entrega o no entrega?
   —Y… ¿Qué te puedo decir?… Tendrías que preguntarle a ella…
   —Es que me da un poco de vergüenza, ¿sabe? Si al menos supiera que tengo alguna esperanza…
  —Con probar no se pierde nada… —Llegamos a la casa—. Bueno, gracias por todo, Marcelo.
  —Gracias a usted, doña, por el consejo… Ahora, en una de esas, me animo y le pido el culo a su hija.
   —Vas a tener que esperar a que terminen los parciales.
   —Y bueh… me tendré que hacer la paja…
   Nos reímos. Nos saludamos y me fui tranqueando despacio.
   Para mí que la hija no entrega, pero Doña Estela no me quiso desanimar. Lo sospeché cuando en la esquina me di vuelta y la sorprendí mirándome desde la puerta.
   Sonreía con melancolía. Parecía una imagen de la virgen.