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lunes, 30 de septiembre de 2013

NO ESTÁS SOLO

Cuando era chico, Ulises hablaba con un espíritu que vivía en su casa.

«Yo lo veía», me dice. «Era un viejo de barba larga. Lo podía dibujar y todo.»

El viejo estaba siempre debajo de la mesa del comedor. Ulises se metía debajo de la mesa y hablaba con él. Hizo esto de los seis años a los trece.

«Me voy a hacer cargo de vos hasta que conozcas a tu papá», le decía el viejo —el padre de Ulises se había marchado de la casa antes de que él naciera—. «Pero no puedo hacer nada para que tu mamá deje de pegarte.»

Pocos días después de que Ulises cumpliera los trece años, una vez que el viejo y él estaban conversando, Graciela irrumpió en el comedor insultándolo a gritos y le ordenó que saliera de debajo de la mesa.

«Hacele caso», dijo el viejo. «Salí.»

«Pero me va a pegar…», dijo Ulises.

«Salí y dale una cachetada.»

«¿Cómo le voy a levantar la mano a mi mamá?»

«Dale una cachetada y no te va a volver a pegar nunca más. Sé que te cuesta, pero lo tenés que hacer.»

Ulises salió de debajo de la mesa. Su madre se le tiró encima para pegarle. Ulises le metió un bife. Graciela retrocedió unos pasos y se quedó inmóvil. Más fuerte que el impacto del golpe fue la sorpresa.

«Si me volvés a tocar, te apuñalo», dijo Ulises.

Fue la última vez que su madre intentó golpearlo.

Ulises cargó algunas cosas en su mochila y partió, con la firme determinación de encontrar a su padre.

martes, 6 de marzo de 2012

EL UMBRAL DE LA LOCURA

Pablo A era amigo de Juan Z. Creo que se habían conocido en la secundaria nocturna. Pablo A era un sujeto extraño, con problemas psicológicos, diagnosticado como psicótico. Había tenido antecedentes, pero los brotes importantes los empezó a tener a partir de la muerte de su abuelo. Afirmaba que su espíritu se le aparecía y se comunicaba con él. Alguien que conozco diría que seguramente esto era verdad. Y que Pablo no veía a su abuelo muerto porque estaba loco, sino al revés: que Pablo estaba loco porque veía a su abuelo muerto. Yo digo ¿quién sabe?… No tengo manera de probar eso ni lo contrario.

Sea como sea, Pablo era —y seguramente sigue siendo— un sujeto extraño. Tanto su aspecto como su comportamiento lo eran. No hay persona a quien le haya mostrado mi álbum de fotos que no se haya detenido en él diciendo: «¿Y este? Qué cara…».

Lo primero que impacta es el modo en que mira a la cámara. Uno ve esos ojos y escucha un viento huracanado detrás.

El segundo impacto lo produce el tamaño de la cabeza, lo largo de la cara, la quijada saliente. Tiene algo de Lovecraft, mezclado con César Banana Pueyrredón, mezclado con Bukowski. Y el pelo de Beethoven.

Con él y con Juan solíamos grabar unos simulacros de programas radiales en joda, algunos de los cuales aún conservo. Pablo tenía un sentido del humor infantil y reiterativo. Podía tararse repitiendo variantes del mismo chiste absurdo o escatológico durante horas. Pero si estaba con alguien que lo guiaba y le ponía límites, era capaz de hacer chistes muy graciosos.

También hacía música, por llamarla de algún modo. Autodidacta, componía sus propios temas. Los padres le habían regalado un sintetizador y se había fascinado con el sonido de órgano de iglesia. Le encantaban los cantos gregorianos y otras cosas por el estilo. Siempre que pienso en él, me lo imagino vestido como el Fantasma de la Ópera, tocando esas melodías desafinadas, tenebrosas y reiterativas en su sintetizador.

A veces le pedía a Juan que lo acompañara con el bajo y pasaban la tarde tocando y grabando esas sesiones. Juan se divertía y le gustaba darle una mano a su amigo, incentivándolo a que hiciera algo creativo. Algunos días se quedaban tocando hasta el anochecer, como en la ocasión que quiero relatar.

Se habían juntado en lo de Juan. Pablo había compuesto algunos temas nuevos, que sonaban iguales a todos los anteriores. A todos les ponía la base de batería electrónica del sintetizador, que sonaba a lata y que, combinada con el sonido de órgano de iglesia, daba como resultado un efecto muy extravagante. Cuando cantaba, lo hacía en un inglés inventado —salvo en un tema que se llamaba Cállate, hijo de perra, en el que repetía cállate hijo de perra, ya no me hables, ya no me escuches, eres un hijo de perra, y así, alternando— e invariablemente había un segmento reservado a uno de sus solos de órgano desbocado, en los que daba rienda suelta a toda su deformidad.

A pedido de Pablo, siempre tocaban con la luz apagada. El sol iba menguando hasta que, finalmente, la habitación solo quedaba iluminada por las luces de la pecera de Juan. Esa tarde, Pablo no hacía chistes. Lúgubre, tocaba con solemnidad. Cuando cayó el sol, le pidió a Juan que dejara el bajo. Le contó que ese día era el aniversario de la muerte de su abuelo y que había compuesto un réquiem en su honor. La sinfonía duró más de una hora. Los sonidos discordantes del órgano sin un esquema aparente. Pablo tocaba con los ojos cerrados. Los dedos crispados, sacudiendo la melena. Juan, que era muy respetuoso del duelo ajeno, no se animaba a interrumpirlo. Se tragó el concierto entero.

Cuando Pablo terminó, se trasladaron al comedor y cenaron en silencio. Ese fin de semana Augusto y Emilia se habían ido a la costa.

Después de la cena, tomaron unos mates. Pablo, como en tantas otras ocasiones, se puso a hablar de su abuelo. Del espíritu de su abuelo. De sus últimas apariciones. De las cosas que le contaba, que le aconsejaba, que le reclamaba. A Juan le duraba el efecto del réquiem a la luz de la pecera. No había sido buena idea invitar a Pablo esa noche.

Algo interrumpió el soliloquio de Pablo. Algo fuera de contexto, inexplicable. Bebés gritando. En el patio, en el techo. Multitudes.
   
El espanto cortó la respiración de Juan los segundos que tardó en darse cuenta de que los bebés eran gatos. Unos segundos en los que estuvo a punto de volverse loco.

domingo, 4 de diciembre de 2011

GENTE EXTRAÑA: AUGUSTO Z (Capítulo Final)

   —Hola. ¿Augusto?
   —Hola, Guillermo. ¿Cómo estás?
   —Bien…
   —Vos siempre estás bien…
  Me quedé. Me pareció que estaba bromeando, pero no entendía el sentido del chiste. Prosiguió.
   —A esta altura nos conocemos de sobra. Vos a mí y yo a vos.
  No bromeaba. El tono era grave. Yo seguía sin entender qué estaba sucediendo. No me dio tiempo a preguntar nada.
   —Te lo digo en serio: no quiero que nos molestes más. Ni a mí ni a mi familia —dijo, y me cortó.
   Seguí unos segundos con el tubo en la mano, sin terminar de caer.
   Esa noche, lo fui a buscar a Juan a la salida de la escuela nocturna en la que él estudiaba. Me dio vuelta la cara. Me quedé parado viendo cómo se tomaba el colectivo sin haberme dirigido una palabra. Aguzando el oído, casi llegaba a escuchar la musiquita de La dimensión desconocida.
   Llamé un par de veces más. Atendió Augusto. Corté.
   Até cabos y saqué la conclusión de que este tipo creía que era yo el que se metía en su casa utilizando técnicas de control mental, para succionarles energía a él y a su familia. La idea me parecía totalmente descabellada, pero otra cosa no se me ocurría. Y recordaba lo raro que Augusto se había comportado la última vez que nos habíamos visto.
   Le conté mi teoría a un amigo, Mariano M.
   Me miró extrañadísimo.
   —Boludo, ¿no pensará que te drogás y que sos una mala influencia para el hijo?
   Consideré la idea.
   —No creo…
   —O que sos puto y te lo querés levantar…
   —Que en vez de chuparle la energía a la familia, le chupo la pija al hijo. Te entiendo, lo tuyo parece más creíble; pero me parece que es lo que digo yo.
   No sólo dejó de hablarme la familia, sino también la gente que yo había conocido a través de ellos. Así: de un día para el otro. Todo un círculo de personas.
   ¿Por qué no fui a tocarles el timbre para pedirles explicaciones?
   Timidez. Supongo.
   Tampoco me parece que sea muy prudente tocarle el timbre a un tipo que cree que sos un vampiro energético y tiene una pistola en la guantera.
   Les mandé una carta a modo de despedida. Una carta medio lastimera, como era mi estilo en esa época. Obviamente, no recibí respuesta.
  Pasó el tiempo. ¿Cuánto? Meses, un año. Un día sonó el portero eléctrico en casa y atendió mi hermana. Puso cara de extrañeza.
   —Es Juan —me dijo.
   —¿Juan?
   Bajé a recibirlo. Me saludó como si no hubiese sucedido nada. Como si hubiésemos estado distanciados un tiempo, pero por motivos razonables. Nos contamos, superficialmente, qué había sido de nuestras vidas, a quién habíamos visto, a quién no. Nos burlamos de Germán P. Después me informó el objeto de su visita.
   —Te vengo a devolver los libros Elige tu propia aventura que le habías prestado a mi hermana. ¿Te acordás?
   —No, no me acordaba. No hacía falta, boludo… Yo ya no los leo.
   —Tomá, boludo, es lo que corresponde: son tuyos.
   —Como quieras…
   Comenzó a despedirse.
   —Bueno, Guille, hablamos…
   —Dale… Llamame vos, porque yo no sé si llamarte…
   Se quedó unos segundos en silencio.
   —A veces creo que me estoy volviendo loco… —Me tendió la mano. Se la estreché—. Te llamo.
   Otra vez. ¿Por qué no le pregunté abiertamente?
   Timidez. Miedo a confrontar.
    Pero el tiempo pasó y me hice más duro.
  Me corté la chotame cogí a una viejaconviví con alienados, me mordió un perro, me operé un pulmón, me atravesé un dedo con una reja. Cuando volví a cruzarme con Juan Z, a comienzos de este año, yo ya no era el mismo tipo.
   Aunque parezca increíble, con él me pasó lo mismo que con Guillermo el exhibicionista: me lo volví a encontrar justo cuando comenzaba a escribir el borrador de esta historia. Este blog tiene la propiedad de resucitar muertos.
  Fue en el patio de comidas del Coto de Libertador, en Olivos. Lo reconocí al instante, estaba prácticamente igual. Tal vez un poco más parecido al padre que cuando éramos chicos. Mi primer impulso fue ir a encararlo. Estaba atravesando una etapa de cambios en mi vida, en la que le di cierre a un montón de cuestiones pendientes, y no pensaba desaprovechar esta oportunidad. Pero había una chica con él y no me pareció adecuado abordarlo en esas circunstancias.
   Igualmente, después de hacer mi pedido, me instalé en una mesa desde la que podía observarlo con comodidad. Tomé mi té, me puse a leer. Cada tanto lo miraba. Después me enfrasqué en la lectura y dejé de prestarle atención. Hasta que se hizo la hora de seguir mi camino. Levanté la vista. La chica estaba sola. Probablemente, Juan había ido al baño. Y yo tenía ganas de mear. Bien, bien, bien, me dije, el destino así lo quiere.
   No parecía sorprendido de encontrarme. Evidentemente, él también me había visto en el patio de comidas. Otra vez me saludó como si nada y nos pusimos al día con nuestras vidas. Habían pasado doce años desde la última vez que nos habíamos visto. Él había estado viviendo en Ecuador, enseñando computación a chicos de una escuela de frontera. Me pareció muy lindo que se hubiese dedicado a eso. Allá había conocido a su pareja, la chica que lo estaba esperando en la mesa, y los dos se habían venido a vivir a Buenos Aires hacía apenas unas semanas. Hablamos de cómo se estaban adaptando al ritmo de la ciudad, al cambio de clima. Le conté algunas cosas mías. Y la charla empezó a volverse intrascendente. Otra vez a quién viste, a quién no. Pero en esta ocasión no me iba a ir sin obtener lo que me proponía, o al menos intentarlo.
   —¿Tu viejo sigue con el tema de los bajos astrales?
  Ya estaba incómodo antes. Mi pregunta lo incomodó más aún. Se rió nervioso.
  —No… ¿Te acordás?… No, ya no anda en eso… Mi vieja y mi hermana hacen reiki, pero de los bajos astrales ya no se habla más.
   Había metido una cuña para abrir el camino. Ahora, al asalto directo.
   —¿Tuvo algo que ver con el tema de los bajos astrales el que tu viejo me cortara el teléfono aquella vez y ustedes se distanciaran de mí como se distanciaron?
   Creo que no se esperaba algo tan frontal. Seguía riéndose de nervios. Se movía mucho. Un pasito para un lado, un pasito para el otro. El bailecito, como le decía un director de teatro con el que trabajé, cuando en el escenario los actores se movían de más por inseguridad.
   —¿Eh?… No… Nada que ver… No fue por eso… No me acuerdo… ¿Mi viejo te cortó?
   —Sí.
   Reproduje la conversación de aquella vez.
   —¿Eso dijo?
  —Sí. ¿Yo era muy pesado, Juan? ¿Iba demasiado a tu casa? ¿Molestaba?
   —No… —Mencionó a un conocido—. Fulano sí, por ejemplo. En las vacaciones se instalaba en casa y no lo sacabas más. Hasta que un día le tuve que decir. Pero vos no… Nada que ver…
 Listo. Descartada la hipótesis más razonable. Él podría haberla aprovechado de excusa. Pero no lo hizo.
   —¿Y entonces?
   —No me acuerdo…
   Bien. El sujeto se niega a colaborar. Vamos a tener que golpear más fuerte.
   —¿Y el día que caíste de la nada en casa para devolverme los Elige tu propia aventura que le había prestado a tu hermana? ¿Te acordás?
   —Sí… Creo que sí…
   —Ese día me dijiste que a veces creías que te estabas volviendo loco.
   —¿Eso te dije?
   —Sí, me dijiste eso.
   Reproduje el diálogo. Tengo una caja negra en la cabeza.
   Se rió.
   —Sí… No sé… No me acuerdo… Tal vez lo dije por mi viejo… No sé…
   O.K. ¿Más duro? Mirá que tengo un Plutón fuerte, Juan, y puedo ser más escorpiano que un escorpiano.
   —¿Vos te acordás de que tu viejo se metió al río con el agua hasta el pecho y se puso el arma en la boca?
   Se rió.
   —¿Eh?
   —Y decía que había sido manipulado por bajos astrales. Me lo contó a mí, pero creo que a vos te lo había contado también. ¿No?
   —Sí… Creo que sí…
  —Me parece que tu viejo se estaba sugestionando demasiado con el tema, y por una charla que tuvimos una vez, de vampirismo energético, llegué a la conclusión de que me cerró la puerta de su casa porque creía que yo les chupaba energía. Salvo que fuera porque era muy cargoso y los visitaba demasiado seguido.
   —No sé, Guille… Te juro que no me acuerdo… Pasó mucha agua bajo el puente.
   Diablos, vaya que eres un hueso duro de roer…
   Era evidente que no iba a sacar nada en limpio. Le quité la lámpara de la cara y lo desaté de la silla.
   —Bueno, ya no importa, Juan. Es como decís vos: ya pasó mucha agua bajo el puente. Solo que hubiese querido saber de qué se trataba. Pero da igual.
  Volví a los temas intrascendentes. Le señalé que se había elegido un lugar muy ruidoso para merendar. Lleno de máquinas de videojuegos, el único lugar de la Tierra en el que siguen existiendo.
   —Hay que volver a adaptarse a tanto ruido después de haber vivido allá, ¿no?
   Esta vez no prometimos llamarnos.
  Nos estrechamos la mano, nos palmeamos el hombro, nos deseamos suerte.
   Que el agua nos lleve. Estamos en paz.

lunes, 28 de noviembre de 2011

GENTE EXTRAÑA: AUGUSTO Z (Parte 5)

  Ese fin de semana había pasado algo distinto. Centenares de bichos, como de costumbre. Pero también algo más.
   —¿Qué cosa? —pregunté.
   Estábamos los dos solos en la cocina. A esa altura, Juan se encerraba en su habitación hasta que terminábamos de hablar de esos temas.
  —Alguien se metió en la casa. Una persona, no un bajo astral. Usando técnicas de control mental.
   —…
   —Alguien que conozco. Eso es lo más terrible.
  Como no mencionó quién era, preferí no preguntar. Por algo estará omitiendo el dato, me dije.
   —Lo más terrible es la sorpresa. La decepción.
  Alcé las cejas y meneé la cabeza. Le pasé el mate. Lo dejó a un costado.
   —Esta vez, el brujo de mi cuñada la tenía con Emilia. Todos los bichos se los mandaba a ella. Sobre todo al chakra de la garganta. No es casual. Está todo calculado. El tipo sabe el problema que tiene Emilia con la tiroides. Por eso la ataca ahí. Y yo, dele sacar bichos. Hasta las dos de la mañana. Que es cuando el tipo corta. A veces termina ahí y se va a dormir. Otras veces se toma un descanso nomás, de una hora. Ya le tengo calados los tiempos. El de la pendeja corta más temprano. Es un pendejo también. Corta a las doce y se va a bailar. Me lo dijo mi espíritu guía. Entonces yo sé que a partir de las dos tengo un receso. Si no es el corte definitivo, por lo menos me da un respiro para prepararme para el último ataque. Así que termino de sacar los bajos astrales y cargo de energía a toda la familia. Siempre hago lo mismo. Pero esta vez pasaba algo raro. Le daba energía a Emilia y ella se sentía mejor, como siempre; pero al rato se caía de nuevo. «¿Qué pasa? ¿Hoy no cortó, el hijo de puta? ¿Hoy hace horas extra?» Pero no. Consultaba con el péndulo y mi espíritu guía me decía que no: Emilia ya no tenía bajos astrales. ¿Qué pasaba, entonces? Yo la cargaba de energía y era como si algo se la chupara…
   —…
  —Y todo el tiempo me sentía observado. Como una presencia. «Acá hay alguien», me dije. «Acá hay alguien. Estoy seguro.» Y le pregunté a mi espíritu guía.
   —…
   —Y sí: había alguien. Esta persona que te digo.
   —¿Se metió en la casa?
   —Sí.
   —¿Con técnicas de control mental?
  —Sí. No era un viaje astral. Era una técnica de visualización creativa. Esta persona sólo entraba con la mente, pero también sabía cómo crear un canal desde Emilia para sacarle energía.
   —Qué raro… ¿Eso hacía?
   —Sí… Un vampiro energético… A mí no me parece tan raro.
   —¿Por?
   —Porque está lleno de vampiros energéticos. A veces son los que menos te imaginás. Y sabiendo técnicas de control mental, esta persona pone todo su conocimiento al servicio de su única finalidad: robar energía.
   —…
   —Los vampiros son así: es lo único que saben hacer. Son parásitos…
   Dijo esto con una mueca de desprecio. Y se me quedó mirando.
   —¿Querés otro mate? —me preguntó.
   —No, gracias.
   —Mejor. Suficiente por hoy.

domingo, 20 de noviembre de 2011

GENTE EXTRAÑA: AUGUSTO Z (Parte 4)

   —¿Cómo andás, Augusto?
   Expresión de agotamiento. Más segundos de silencio que de costumbre.
   —Cansado… Muy cansado…
   —…
   —Estos hijos de puta me están matando. No entiendo cómo puede haber gente tan mierda. Hay que tener ganas de joder al otro… Este fin de semana, casi trescientos… El que más manda es el de mi cuñada. Y son más jodidos de sacar. Se prenden como lampreas, los hijos de puta…
   —…
  —Y la pendeja la tiene con Juan… Veintisiete bichos en el chakra púbico —Se rió sin ganas—. Si no se la pone a ella, no quiere que se la ponga a nadie…
  —Viejo… —dijo Juan, sin cambiar de postura. Brazos cruzados, piernas cruzadas, apoyado en el marco de la puerta de la cocina. La mirada fija en el piso.
   Nos quedamos en silencio. Augusto me pasó un mate.
   —El sábado me tuvieron hasta las dos. No sabés cómo terminé… Tuve que salir a dar unas vueltas con el auto para desenchufarme porque estaba como loco.
   —Viejo… —repitió Juan. Esta vez enfrentaba a su padre con la mirada.
   Los cuatro ojos azules se clavaron unos en otros. Casi se podía ver la electricidad atravesando el aire. Aprecié el parecido entre padre e hijo. Los rostros angulosos, de nariz aguileña. Tallados en piedra. La tensión se mantuvo por un momento.
   —Con Guillermo ya hay confianza —dijo Augusto finalmente—. Se lo puedo contar. Y tiene que saberlo: tiene que saber lo jodidas que pueden ser estas cosas.
   Juan se fue y se encerró en su habitación.
   —Él cree que es joda… Porque no vivió lo que yo viví… No es joda esto. Estamos tratando con gente pesada, con gente que sabe lo que hace. El de mi cuñada. El de la pendeja es un improvisado.
   Le devolví el mate. Lo dejó a un costado.
  —A las dos de la mañana… Si me pagaran por el trabajo que hice, podría dejar la plomería. Salí a dar unas vueltas con el auto, para despejarme un poco antes de dormir. Anduve por las calles de adentro, yendo y viniendo. Hasta que llegué a San Martín. «Vamos a pasear un poco por el río», me dije. «Debe estar lindo de noche. Se nota menos la basura.»
   No supe si reírme. Después de mirarlo a los ojos, decidí que no.
   —Estacioné el auto y me quedé ahí, tratando de relajarme. Contemplar el horizonte hace bien. Aclara la mente.
   Asentí en silencio.
  —Pero mi mente estaba todo menos clara. Tenía la cabeza como si hubiese estado todo el día con el auto en el centro. «Voy a estirar un poco las piernas», dije. «A tomar un poco de aire.» Y me bajé del auto.
   —…
   —«Voy a estirar un poco las piernas.» ¿Fui realmente yo el que lo dije?
   —…
  —El infierno que estoy viviendo no se lo deseo a nadie. Ni al hijo de puta que me los manda.
   —…
   —Estiré un poco las piernas. Tomé un poco de aire. Me fumé un pucho. Y me sentía cada vez peor. Atrapado. Sin salida. ¿Cuánto tiempo iba a seguir con esto? No tengo una solución definitiva… Saco los bichos, los vuelve a mandar. Así podemos estar hasta que uno de los dos se muera. ¿Qué sentido tiene vivir así? Abrí la puerta del auto y saqué la pistola de la guantera.
   Lo volví a mirar a los ojos. No le pude sostener la mirada.
   —Y me metí en el río. Con el agua hasta el pecho. Y me puse el arma en la boca.
   —…
   —Y de repente, como un chispazo, una luz. Una idea. No sé si tuvo algo que ver mi espíritu guía o si fue solamente un rapto de lucidez. Pero me di cuenta. De repente lo vi con claridad. Ese no era yo. Yo jamás haría una cosa así. ¿Y dejar a mi familia sola, desprotegida? Si con todo lo que me ha pasado en la vida, jamás se me ha cruzado la idea por la cabeza… Ahí había alguien más.
   —…
  —Entonces salí del agua. Volví al coche. Esta semana tengo que cambiar el tapizado. Quedó con un olor a mierda terrible… Se lo tendría que cobrar a ese hijo de puta… Volví al coche. Me sentía mareado, como con la presión baja. Veía todo oscuro. Guardé la pistola en la guantera y saqué el péndulo. Y le pregunté a mi espíritu guía. ¿Tengo algo encima? Y sí, tenía. No uno. Siete. Todos en el chakra de la frente. Por eso veía todo negro. Mental y visualmente.
   —…
  —No, si esto no es joda… Hay que tener cuidado con estas cosas…  ¿Cuántos tipos escuchás que se pegan un tiro y la gente se pregunta por qué, si estaba lo más bien?…
   —…
   —Me costó muchísimo sacarlos. Sin asistencia no hubiese podido. Pero así y todo es muy jodido quitárselos a uno mismo. Y más de ahí, del chakra de la frente, teniendo la mente obnubilada. Porque el laburo lo hacen ellos, uno sólo es el canal; pero si el canal no está limpio…
   —…
   —No, si tuve un fin de semana de maravilla… Una fiesta… Pero el salón de baile era mi cabeza.

domingo, 13 de noviembre de 2011

GENTE EXTRAÑA: AUGUSTO Z (Parte 3)

   Augusto Z tenía la misma mirada penetrante que su hijo, la mirada que los libros de astrología atribuyen a Escorpio. Su hijo era de ese signo, pero él no: él era de Aries. Tendría que revisar su carta natal para ver dónde tenía el ascendente, o si tenía un Plutón fuerte.
  Ojos claros, magnéticos, enmarcados por pobladas cejas blancas. Ojos de mago de Tolkien.
   Y en la frente, un chichón, como cuerno en desarrollo —este sí atributo de Aries—. Se lo había hecho trabajando, con un golpe de martillo, hacía años, y parecía haber venido para quedarse.
  También, como su hijo, tenía mucho sentido del humor. También hicimos buenas migas en seguida. Mate de por medio, charlamos de cuestiones metafísicas. Le conté que en un tiempo yo había hecho yoga y que mi vieja había hecho un curso de control mental, y que también me había enseñado algunas técnicas. De relajación, de visualización creativa. Me contó en qué consistía el curso que él estaba haciendo: bioenergía asistida. Parecía ser un rejunte de muchas doctrinas y disciplinas: antroposofía, yoga, control mental, karma y reencarnación, radiestesia, curación por imposición de manos. Incluso, habían encajado en ese rompecabezas a la figura del Cristo, explicando sus milagros desde la bioenergética.
   ¿Por qué se llamaba bioenergía asistida?
   Porque no se le enseñaba al alumno a transmitir su propia energía, sino la energía del cosmos por medio de la asistencia de su «espíritu guía».
   ¿Qué es un espíritu guía?
  Una suerte de ángel de la guarda. Ellos mismos hacían un paralelismo entre ambas figuras.
   Esto del espíritu guía me costaba aceptarlo como posible. También lo de los bajos astrales.
   Los bajos astrales o espíritus del bajo astral eran entidades maléficas que se te podían incorporar, es decir «pegarse» a tu cuerpo, y provocarte malestares físicos o psicológicos.
   Estos espíritus eran humanos desencarnados. La gente de (nombre del centro de estudios metafísicos) decía que los asesinos y suicidas no reencarnaban de inmediato. Antes permanecían un tiempo en el bajo astral, un plano de baja vibración o densidad. Algo así como otra dimensión, pero desde la cual podían influir sobre las personas de este plano. A veces lo hacían espontáneamente, se incorporaban a la gente con el objeto de volver a experimentar sensaciones del mundo físico. Pero también podían ser adiestrados y dirigidos a uno por alguien que supiera hacerlo. Así es como funcionaba la magia negra.
   Augusto Z estaba convencido de que las cosas le habían ido tan mal en la vida porque su cuñada había contratado a un brujo que hacía años les enviaba bajos astrales —o «bichos», como también solía llamarlos— a él y a su familia.
   La gente de (nombre del centro de estudios metafísicos) enseñaba un método para detectarlos —mediante el uso de un péndulo— y para erradicarlos —mediante la visualización de un torbellino de luz—.
   La mayor cantidad de invasiones, según decía Augusto Z, se daba los fines de semana, porque el brujo de su cuñada tenía mayor disponibilidad horaria para adiestrar y enviar a los «bichos». No todo el mundo puede ganarse el pan de cada día amaestrando fantasmas; evidentemente, el pobre hombre se veía obligado a desempeñar algún otro oficio.
   Y Augusto Z tenía que pasar sus ratos libres yendo de aquí para allá, con el péndulo en la mano, revisando cada rincón de la casa y cada fragmento de cuerpo de su familia, déle visualizar torbellinos.
   Todos los lunes yo le preguntaba:
   —¿Cómo andás, Augusto?
  Él, después de unos segundos de silencio, con expresión de agobio y perplejidad, me tiraba la cantidad de invasores del último ataque.
   —Este fin de semana, noventa y siete…
   Y cada lunes, la cifra aumentaba.
   —Este fin de semana, ciento cuarenta y dos…
   Cada vez más agobio y perplejidad.
   —Este fin de semana, doscientos ochenta y cinco…
   Llegó un punto en el que a Augusto Z comenzó a costarle creer que el brujo de su cuñada pudiese estar enviándole tamaña cantidad de entidades.
   —¡¿No corta ni para cagar, este hijo de puta?! —se preguntaba.
   Y decidió consultarlo con su espíritu guía utilizando su péndulo.
  Todos los bajos astrales no venían de la misma fuente, respondió el espíritu guía. De a poco, se habían ido sumando invasores de otro origen.
   ¿Quién los enviaba?
   Otro brujo, contratado por una ex novia de Juan Z despechada por el abandono.
    No pensaban darle un respiro.
    Ni para cagar.

domingo, 6 de noviembre de 2011

GENTE EXTRAÑA: AUGUSTO Z (Parte 2)

   Días después de la charla que habíamos tenido con el mamarracho de Germán P, Juan Z me contó que su padre, Augusto Z, estaba yendo a un centro de estudios metafísicos del cuál no daré el nombre —suficientes problemas he tenido con otras organizaciones por información expuesta en este blog—, a hacer un curso de bioenergía asistida.
   Me dijo que se animaba a contarme esto porque veía la apertura que tenía hacia la cuestión. Y que había hablado con el padre y él estaba de acuerdo en conversar del asunto conmigo.
   A Juan Z todo esto no le cerraba. Era más bien escéptico al tema y estaba viviendo toda la movida con desconfianza.
    —El otro día que no los dejé entrar a casa y les dije que fuéramos a dar una vuelta por ahí, fue porque había venido una mina de (nombre del centro de estudios metafísicos) a hacer una limpieza. A mí me pareció una pelotudez. La mina iba de un lado al otro con un péndulo y haciendo movimientos raros con el cuerpo.
   El caso de Augusto Z era particular. Había pasado de ser ateo y de un escepticismo absoluto a abrirse paulatinamente, y luego demasiado, a estas creencias esotéricas. De a poco, terminó obsesionado, explicando todo a través de la misma fórmula. Hay muchos casos de este tipo, de cambios a lo diametralmente opuesto en las creencias. Es lo que, en su libro La conspiración de Acuario, Marilyn Ferguson llama cambio pendular: el abandono de un sistema cerrado, considerado como cierto, sustituyéndolo por otro al que se aferra con la misma fuerza.
  Augusto Z también había sido muy cambiante en sus ocupaciones. Primero había sido policía, luego había trabajado en transporte escolar de chicos con síndrome de down. Para la época de este relato, era plomero.
   La vida de esta familia había sido dura. Problemas económicos y de salud. El padre de Augusto Z —el abuelo de Juan Z—, que vivía con ellos, había muerto de cáncer. Desahuciado por los médicos, fue cortésmente invitado a liberar la cama que ocupaba en el hospital para que fuera aprovechada por alguien con mayor esperanza de vida. Pasó sus últimos días, que fueron largos y de mucho padecimiento, en la casa, siendo asistido por toda la familia.
  Juan Z había tenido problemas de salud desde pequeño. Anemia, frecuentes accesos de fiebre y un problema respiratorio que le hacía toser y escupir sangre.
   La gota que rebalsó el vaso fue la muerte de la criatura que Silvia Z —hija de Augusto Z— había llevado en su vientre durante nueve meses. Falleció a los pocos días de nacer. Hidrocefalia o algo así. Dicen que el rostro del bebé estaba verde.
   Augusto Z, entonces ateo y escéptico absoluto, comenzó a preguntarse por qué tenía tanta mala suerte, por qué su familia sufría tantas desgracias.
   Alguien le sugirió que fuera a una tarotista. Augusto Z accedió y fue en compañía de su mujer, Emilia L.
  La tarotista la pegó en algo referido al pasado de la familia. El escepticismo de Augusto Z comenzó a ablandarse.
   —Alguien les hizo un trabajo —dijo después—. Una mujer… Rubia… Gordita… De pelo lacio…
  ¡La descripción coincidía con la cuñada de Augusto Z, con quien la familia estaba peleada desde hace años! 
   Y con las características de millones de mujeres más, claro. Que levante la mano el que no conozca a una gordita rubia de pelo lacio.
   —¡Mirta! —exclamaron Augusto Z y Emilia L al unísono.
   Y así, Augusto Z comenzó a transitar su camino hacia la fe.

domingo, 30 de octubre de 2011

GENTE EXTRAÑA: AUGUSTO Z (Parte 1)

  Este es otro que da para una pequeña, o extensa, novela. Por ahora, conformémonos con este trailer dividido en seis partes.
   Augusto Z era el padre de Juan Z.
  Conocí a Juan Z a través de Germán P, un amigo mío de esa época. Aunque como amigo dejaba mucho que desear. Si alguna vez escribo «Gente idiota y abusiva que he conocido», les hablaré sobre Germán P. Por ahora, baste saber que Germán P y yo habíamos sido compañeros dos años de la secundaria, y que Germán P y Juan Z se conocieron paseando perros.
   Al tiempo, yo comencé a pasear perros también y hacíamos parte de nuestro recorrido los tres juntos. Así conocí a Juan Z, hijo de Augusto Z.
  Juan Z tenía un sentido del humor entre naíf, surrealista, negro y escatológico que hizo que congeniáramos en seguida. Conversar con él era como protagonizar un sketch de Cha cha cha. De hecho, en una época grabábamos pelotudeces que decíamos en cassettes, simulacros de programas radiales, uno de los cuales aún conservo. Con él y con un amigo suyo psicótico —diagnosticado así por psiquiatra— que creía que hablaba con el espíritu de su abuelo.
   Como Germán P era un tipo denigrante y abusivo, los dos —Juan Z y yo— terminamos alejándonos de él y haciendo rancho aparte, como quien dice.
   El problema es que a los perros se los pasea por la calle y era difícil no encontrarlo a Germán P en alguna parte de nuestro recorrido. Y como nosotros no teníamos carácter suficiente como para decirle que ya no lo soportábamos, este sujeto indeseable se nos prendía parte del paseo.
   Esa mañana, Germán P me había interceptado a mí solo y, no sé cómo, terminamos hablando de energías metafísicas.
  Como yo soy demasiado escéptico como para negar la posibilidad de nada, como siempre digo, mantenía una postura neutral al respecto: abierta pero moderada.
   Como él era idiota, mantenía una postura estúpida.
   —¡¿Cómo energía?! ¡¿Y dónde la tenés?! ¡¿Te ponés una pila como el conejito de Duracell?!
   Y se reía.
   Para quien le interese, Javier, el personaje de mi novela —Olarticoncha o La imposibilidad de contacto—, el pibe ese que confecciona una planillita para registrar los furcios de sus compañeros, está basado en este mamarracho. Los que no están siguiendo la novela, si les despierta curiosidad, pueden leer fuera de su contexto original el capítulo 13. Así completo un poco este escrache.
   Bueno… ¿Dónde habíamos dejado?
   El infradotado de Germán P —no, no soy resentido, señora—, Augusto Z, las energías…
   Ah, sí:
   —¡¿Te ponés una pila como el conejito de Duracell?! —dijo él, y se rió.
  —Boludo, todo tiene energía —dije yo—. ¿Con qué te pensás que caminás, movés el brazo…
   … y la lengua para hablar pelotudeces?, completé desde el interior de mi cabeza. Porque yo era un adolescente cobarde y débil de carácter. Todavía no había pasado por la experiencia iniciática de operarme la pija.
   —¡Pero esa energía está en los nervios, en el cerebro, boludo!
   —¿Y? ¿Qué hay con eso?
  —¡Que no se la podés pasar o sacar a otra persona! ¡Eso es magia! ¡Como eso que leés vos! ¿Cómo se llama? ¿El hombre de los anillos?
   —¿Y cómo sabés que no se la podés pasar o quitar a otra persona? No se puede demostrar eso ni lo contrario.
  —¡Andá!… ¡Esas son boludeces de las que cree tu vieja! ¡La astronomía, las cartas para adivinar!…
   —Astrología…
   En ese punto de la conversación nos cruzamos con Juan Z.
   —Hola…
   —Hola.
   —¿Qué hacés, Juancito? ¿Tenés pilas?
  —¿Eh? No… ¿Para qué voy a traer pilas al paseo? No vengo con el walkman…
  —¡Para la energía, boludo! —dijo Germán P—. ¡Para mover los brazos, las piernas!
 Juan Z puso cara de sorpresa. Me pareció notar algo raro en su expresión. Me pareció que había algo más que no entender lo que decía Germán P. Estaba serio y eso no era habitual en él.
  —¡Contale, Guille! —siguió acicateándome Germán P—. ¡Lo de los rayos de energía! ¡¿Los tirás por los ojos como Superman?!
   Me mordí el labio inferior y meneé la cabeza.
   Germán P se puso a jugar con uno de sus perros.
   —¡¿Vos dónde tenés las pilas, Noel?! ¡¿En el culito?!
   Y se reía solo.
   —¿De qué hablaban? —me preguntó Juan Z.
  —De nada… —dije yo, a esta altura medio malhumorado—. De energías metafísicas. Yoga, chakras, imposición de manos, cosas así… Yo tampoco termino de creer en todo eso… Pero tampoco podés probar que no exista. Y yo decía que es innegable que el cuerpo se mueve por energías.
   Juan Z no dijo una palabra. Otra vez algo extraño, huidizo, en la mirada.
   Germán P se puso a jugar con otro de sus perros.
   —¡Vení que te paso energía, Tucho!

lunes, 1 de agosto de 2011

GENTE EXTRAÑA: ROBERTO P Y CLAUDIA J

Roberto P recibía mensajes de extraterrestres. O eso es lo que él decía, cuando su mujer se lo permitía. Los mensajes los recibía directo en el interior de su cabeza. A veces eran voces, a veces imágenes.

Era el año 1999. En el 2000, un meteorito chocaría contra la Tierra y provocaría un desastre climático. Los polos se derretirían y subiría el nivel de los océanos. Poco territorio quedaría sobre el nivel de las aguas. Uno de esos sectores sería parte de la provincia de Córdoba.

Sería el fin del mundo… como nosotros lo conocíamos, agregaba Roberto.

Los pocos sobrevivientes a la catástrofe se organizarían en un sistema más justo y equitativo que el capitalismo despiadado del siglo XX.

¿Pero acaso el ser humano no reincidiría en el viejo sistema de valores?

No. Porque los sobrevivientes habrían sido previamente seleccionados por los extraterrestres entre la gente apta para el nuevo orden del mundo.

Los sobrevivientes ya habían sido seleccionados. Y Roberto había sido elegido como caudillo, para congregar y guiar a parte de esta gente hasta el territorio cordobés que quedaría sobre las aguas, antes de que se produjera el cataclismo que se llevaría a los inicuos de la faz de la Tierra.

Esto es lo que te contaba Roberto si ibas de visita a su casa. Y te mostraba el plano de lo que sería el nuevo mundo, incluso. Un planisferio comprado en la librería de la esquina, en el que había pintado con un lápiz celeste las futuras zonas anegadas.

Pero tenía que decirlo por lo bajo, cuando su esposa, Claudia J, se encontraba fuera del radio de audición. Porque ella no creía que fuera cierto todo eso de los extraterrestres. Y a veces tenía que interrumpir la conversación de improviso.

—¡Roberto! ¡Que te calles la boca!

Tuve el agrado de convivir con esta gente durante unos meses. Mi sueldo de esa época ya me alcanzaba para vivir solo, pero estaba ahorrando para mes de depósito y todas esas cosas que implica alquilar un lugar nuevo. Ellos eran conocidos de mi madre y le debían un favor.

Roberto se parecía a Hugo Soto, el actor de Hombre mirando al sudeste. Lo juro. Con mi vieja pensamos lo mismo al conocerlo y nos sorprendimos al escucharlo hablar por primera vez sobre los mensajes de los extraterrestres.

Un día la agarró a solas a una de mis hermanas y le preguntó:

—¿Vos sabés lo que es un humanoide?

—No… —contestó ella.

Yo soy un humanoide…

E iba a continuar explicando, pero…

—¡Roberto! ¡Que te calles de una buena vez!

Claudia era parecida a Carrió, pero no tan gorda y más fea. Todo el tiempo hacía un rictus con la boca que me causaba espanto. Parecía que te quería morder. Como los perros cuando te amenazan.

Una noche estábamos cenando fideos con tuco y estofado. Nosotros tres y había un invitado: Pablo R, un muchacho que trabajaba de operador en la radio en la que Roberto era locutor —los extraterrestres se las habían arreglado para infiltrarlo ahí, en un medio de comunicación, desde donde podría convocar a su debido tiempo, con mensajes en clave, a los que serían los habitantes del nuevo mundo del siglo XXI—.

En esa ocasión, Roberto estaba rebelde ante los retos de su mujer. Tenía que transmitirnos, a Pablo y a mí, algo muy importante —creo que nosotros dos habíamos sido elegidos por los extraterrestres para sobrevivir al impacto del meteoro. Nunca nos lo dijo abiertamente, pero supongo que por eso nos hablaba con tanta insistencia esa noche—.

—¡Basta, Roberto!

Roberto se quedaba en silencio unos minutos, comiendo, cabizbajo. Luego retomaba la conversación —o el soliloquio, más bien—.

—¡Roberto, callate la boca! ¡Es la última vez que te lo digo!

Silencio durante unos minutos. A la carga otra vez.

—¡Te avisé!

Claudia se levantó de la mesa y arrojó el agua de una jarra en la cara de Roberto.

Pablo y yo incómodos, intentando seguir comiendo como si no sucediera nada.

Claudia apoyó la jarra vacía con fuerza sobre la mesa. Pablo y yo pegamos un respingo, pero sin sacar la vista de nuestros platos.

—¡¿Así te tengo que tratar?! ¡¿Como lo hacía tu madre?!

¿Otra madre de alambre? Dios mío, cuánto científico hijo de puta suelto.

Roberto se quedó en su sitio, parpadeando unos segundos, y retomó la conversación donde la había dejado. Seguramente, estaba recibiendo órdenes perentorias de los extraterrestres en ese mismo momento.

Entonces, Claudia tomó su plato de fideos y lo partió en la cabeza de su marido.

Vi que un hilo de algo rojo corría por la frente de Roberto hacia el pómulo saliente. Primero creí que era tuco, luego descubrí que era sangre.

Por esa noche, Roberto desistió. Se levantó de la mesa y se fue a lavar la cabeza. No sé si lo del plato había sido demasiado para él o si el golpe había desconectado temporalmente la comunicación con los ovnis que sobrevolaban Buenos Aires.

Lo último que supe de Roberto fue que había recibido un comunicado extraterrestre en el que se le informaba que lo del 2000 se posponía —por razones administrativas o algo así, pienso yo— hasta el año 2012.

Supongo que antes de esa fecha se estará poniendo en contacto conmigo.

Yo ya tengo preparada mi mochila.