Esta es reciente.
La
historia es así: hasta hace unos meses, Claudio G andaba con una tal
Viviana. Tenían algo así como un noviazgo. No exactamente eso, pero había
cierta promesa tácita de exclusividad mutua. En un momento, Claudio comenzó a
notar cosas raras, comenzó a sospechar que ella andaba con alguien más. Una
noche que ella se quedó a dormir en su casa, decidió revisarle el celular. Y
confirmó su sospecha: encontró fotos de ella con otro tipo en un telo. Al otro
día, la despidió sin haber mencionado el descubrimiento; pero habiendo decidido
cortar la relación.
Esa noche,
yo también estaba de visita en lo de Claudio. Era la primera vez que veía a
esta mujer.
Pasaron
algunos días. A Viviana le extrañó la distancia que Claudio había tomado
repentinamente: contestaba uno de cada dos mensajes, no la invitaba a su casa
y, cuando ella le proponía que se vieran, declinaba la oferta con alguna
excusa. Finalmente, Viviana le preguntó que pasaba. Y Claudio respondió con la
verdad. Ese fue el fin oficial de la relación. O más o menos. Como suele
suceder con mi amigo, al tiempo volvieron a verse; pero la relación mutó en
algo más informal: eventuales garches.
La segunda
vez que vi a esta mujer fue hace unos días.
Sábado a
la noche. Había quedado con Claudio en ir a su casa. Salgo del laburo y recibo
un mensaje suyo: «Venite a lo de mi viejo. Él no está. Estoy laburando por la
zona. Termino y voy para allá». De modo que me traslado a Martelli.
Llego a
casa de Néstor. Llueve. Toco timbre y espero bajo un techito. Al rato, Claudio
se asoma por una ventana, el torso desnudo.
—¡Aguantá
que ya bajo! —dice.
—O.K.
—digo.
Un rato
más y sale, todavía en cueros. Atraviesa el patio, al trote, hasta la puerta de
calle. Las gotas de agua le golpean el cuerpo.
—¡Pasá que
me cago de frío! —me dice. Antes de que entremos al departamento, agrega—:
Disculpá, es que justo me agarraste acabando un asunto.
Me río.
—Hijo de
puta…
Entramos.
Está sentada en el sofá.
—Ella es
Viviana —dice Claudio—. Ya se conocen, ¿no?
—Sí—
decimos, y nos saludamos.
Inmediatamente, dejo de prestarle atención y paseo la vista por el
departamento buscando a mi amiga, la gata de Néstor. Hace años que no
vengo y no sé si aún vive.
—Che, ¿la
gata sigue existiendo? —pregunto.
—Sí —dice
Claudio.
—¿Dónde
anda?
—Debe
estar en la pieza de mi viejo. Debajo de la cama. O en el placard.
Desde la
cocina, miro hacia la habitación. La última vez que vine, Néstor tenía un gato
más.
—¿Y está
ella sola o hay algún otro gato? —pregunto.
Claudio
lanza una de sus risotadas.
Me volteo.
Viviana me fulmina con la mirada. Capto el equívoco.
—Qué
copado tu amigo, eh… —dice—. La última vez que lo vi era calladito.
Me río.
—¡Estoy
hablando de gatos en serio! —digo—. Acá, antes, había un gato ciego.
Pienso en
una prostituta no vidente. Se ve que a ellos no se les aparece la misma imagen.
Al menos, no hacen comentario al respecto.
Claudio se
sigue riendo.
—Sos un
hijo de puta —le dice ella—. Primero lo del portaligas y ahora esto…
Lo miro.
—Encontró
un portaligas de Natalia —me dice.
Porque a Natalia D también se la sigue cogiendo cada tanto.
Me
desplomo en un sillón.
—¿Llamaste
al remís, Claudio? —pregunta ella.
—Sí
—responde él.
—Ahora me
voy y pueden esperar tranquilos a los otros gatos —dice ella.
Claudio se
ríe.
—¿Pongo
agua para unos tés? —me pregunta.
—Dale
—digo.
—¿Y?
¿Novedades de aquello?
—Sí —respondo—, pero es largo. Dejame que me instale. Después te cuento.
—Sí —respondo—, pero es largo. Dejame que me instale. Después te cuento.
—Te cuenta
después de que se vayan los gatos —acota ella.
No la
miro. Hago una mueca que parece una sonrisa.
Suena el
timbre.
—Vamos
—dice Claudio, aún riéndose—. Te acompaño a la puerta.
Ella se
levanta. Yo me quedo en mi lugar. Si me
querés saludar, vas a tener que hacerlo vos, pienso. No vaya a ser que me corras la cara.
Se para
junto a mi sillón. Se inclina sobre mí. Terrible cara de orto. Mejilla con
mejilla, beso al aire, sin una palabra.
Por dentro, yo me reía bastante.
Por dentro, yo me reía bastante.
Hay un dicho... al que le quepa el sayo, que se lo ponga...
ResponderEliminarSi vos te sentís gato mamita... es porque andás gateando querida :)
Me molestan los besos que te dan sin ganas... si no me querés saludar, hacé un movimiento de cabeza, un adiós y un gesto con la mano... no me des un beso en el aire, sin ganas y puteando.
No a los besos de compromiso!
este muchacho claudio va tener que ir a buscar pareja a las bibliotecas, si no estas confusiones se prestan para irritaciones confusas stop. eh dicho.
ResponderEliminarjajaja, me mori!! lo del gato fue super, eso es hacerse cargo no?
ResponderEliminarRami
En esa historia hay gato encerrado. Jajaja!
ResponderEliminarBabel, justamente. Espero que las -novedades de aquello- hayan mejorado la comunicación, la lengua de los gatos es áspera.
ResponderEliminarAbrazo.
http://www.youtube.com/watch?v=v_hFcNy3iL0
ResponderEliminarno tengo nada más que agregar.
He vuelto a comentar, querido!
Un abrazo :)
Dana Eva: ¡Miau!
ResponderEliminar¡Que me bese esta!
José Gabriel: ¿Te parece?
Ramita: Oh, como siempre: ¡me alegro de hacerte reír!
Dan: ¡Así es!
¡Bienvenido a Carne con Alambre, Dan! ¡Es un gusto leerte!
Dany: La lengua de los gatos es áspera, sí.
¡Abrazo grande y gracias por pasar!
Gabba: ¡Oh! ¡Gracias por la canción lisérgica de María Elena Walsh!
¡Es un gusto verte por aquí después de tanto tiempo, querida!
¡Abrazo grande! =)