Raúl decía «buena pele». Nunca entendí
qué significaba eso.
Raúl decía «me caigo y me levanto».
Cuando le preguntabas qué había para comer,
respondía «lambeta y tajada de agua» o «polenta con pajarito».
Cuando le preguntabas qué película había para
ver, respondía «el pelado con trenzas» o «el desnudo con las manos en el
bolsillo».
Cuando le preguntabas «¿Qué es eso?»,
respondía «Es para hacer hablar al bicho curioso».
Raúl me decía «¡Guillermito! ¡Valés tu peso
en oro! Lástima que pesás tan poco…».
Pero más veces que Guillermito, o Guillermo,
me llamaba inservible. O boludo.
«Boludo. Se te salen las pelotas por el
pantalón», me decía.
«Vamos de la mano a juntar duraznos»,
recitaba. «Vamos del bracete a juntar soretes.»
Cuando creía que estabas mintiendo, cantaba
«Mentira tenía un boliche. Macana se lo vendió. Y entre Mentira y Macana, el
boliche se fundió».
Raúl comía haciendo ruido. Los líquidos los
sorbía ruidosamente también. Roncaba. Hablaba y reía a los gritos. Eructaba. Se
tiraba pedos. Nunca estaba en silencio.
Cocinaba con mucho aceite. Comía mucho ajo.
Usaba dientes postizos. No los lavaba bien y los dejaba por cualquier lado.
Impregnaba de mal aliento el tubo del teléfono. Mojaba pizza y sándwiches de
milanesa del día anterior en el mate cocido con leche del desayuno. Quedaba una
pátina de aceite flotando.
Se secaba los sobacos con la toalla de la
cara. Un sábado a la noche me lavé la cara antes de salir. Ya en la calle,
sentía olor a chivo y no sabía de dónde venía.
Escupía continuamente. Escupitajos con mucha
flema. ¿Es eso ser flemático? En casa, en la ventana del living, el mosquitero
tenía una ventanita para sacar la mano y abrir y cerrar los postigos. Él la
usaba para lanzar sus proyectiles al exterior. Un día, escupió a una vieja que
pasaba.
—¡¿Pero qué hace?! —dijo ella—. ¡Guanaco!
Raúl era muy celoso. Tenía celos de los
pacientes de mamá. Trataba de escuchar las conversaciones apoyando un vaso
sobre la pared que daba al consultorio y la oreja sobre el vaso.
Tenía celos de mí. Decía que me restregaba
sexualmente contra el cuerpo de mamá. Yo era su contrincante. El cachorro del
macho que había poseído a su hembra antes que él. Si hubiese sido un poco más
animal, de seguro me hubiese matado o me hubiese cortado la chota y se la
hubiese tragado.
Raúl decía que jugar frente al espejo volvía
loco.
Raúl decía que respirar el olor a tinta de
la guía telefónica volvía loco.
Daba órdenes absurdas, a menudo
contradictorias. Si le preguntabas «¿Por qué?», respondía «Porque sí».
Nos tiraba de las orejas como si quisiera
arrancarlas. Nos ponía bajo la ducha fría con ropa y todo. Se nos mojaban las cosas
de los bolsillos.
Raúl era católico apostólico romano. Tenía
una emisora radial en el garage de casa. Una radio católica. A la mañana,
transmitía el Santo Rosario. A la tarde, la voz del papa.
Admiraba al papa. Tenía posters de él.
Soñaba con visitar el Vaticano.
Cuando cumplí diez años, quiso que fuera
bautizado. Yo vivía en peligro, por el pecado original. Si en esa época
hubiese muerto, me habría ido al Infierno. Tomé clases de catequesis con la
mujer de un amigo suyo, que trabajaba para la SIDE.
Raúl era fácil de dibujar. Me salía muy
bien. Leonel M y Germán P se reían mucho cuando veían las
caricaturas que hacía de él. Dibujarlo era un pequeño acto de venganza. En una
ocasión, había utilizado el dibujo como un intento de conciliación. Era el
aniversario de mamá y él. Decidí hacerles una tarjeta de felicitaciones. No es
que festejara con ellos. ¡El buey no festeja el día que le pusieron el yugo!
Quería demostrarle que él y yo podíamos ser amigos. Los niños son ingenuos. Eso
no debiera ser un defecto.
De un lado de la hoja los dibujé a ellos
dos, de la mano. Lo favorecí tanto que estaba irreconocible. Del otro lado,
dibujé un corazón que decía feliz
aniversario.
—¡Mirá, Raúl! —dijo mi vieja—. ¡Mirá lo que
nos hizo Guille! ¡Es un amor!
Raúl estaba acostado. Tomó la tarjeta y un
rayo de sol que entraba por la ventana hizo que el papel se transparentara.
Viéndola así —ambas imágenes superpuestas—, medio cuerpo de Raúl quedaba afuera
del corazón. Él llamó la atención sobre esto.
—Me lo hace a propósito —dijo.
No fue lo único que hice para intentar
caerle bien. Una vez, había que pintar el garage de casa. Él me pidió que lo
ayudara. Comenzó a pintar mientras yo lo miraba hacer. En eso, sonó el teléfono
y él lo fue a atender. Aproveché para tomar la brocha y seguir con el trabajo.
Era la primera vez que pintaba. Obviamente, lo hice mal. Lo único que obtuve
fueron sus insultos.
Las peleas entre Raúl y mi vieja eran moneda
corriente. A veces, comenzaban porque ella lo veía maltratarnos. A veces, por
otras cosas. Pero siempre se desarrollaban más o menos igual. La discusión iba
subiendo de tono. Raúl levantaba la voz para tapar la de mamá. No argumentaba,
le hacía burla. Después se alejaba. Se iba corriendo por la casa, ella lo
seguía. Los dos gritando. Raúl llegaba a nuestra habitación y saltaba por la
ventana que daba a la pieza de atrás. Como mi vieja no podía sortear el
obstáculo, daba toda la vuelta. Entonces, Raúl saltaba de la pieza de atrás a
nuestra habitación. Así varias veces, de atrás hacia delante, de adelante hacia
atrás. Mi vieja lo agarraba de la camisa, intentando detenerlo. La camisa se
rompía. Raúl abría la misma ventana por la que escupía, y
gritaba: «¡Loca! ¡Loca!». Mi vieja le decía: «¡Te vas de mi casa!». Raúl
entraba a nuestra pieza. Se arrodillaba. Lloraba. «¡Su madre me echa!», decía.
«¡Su madre me echa!» Cuando Vanina creció, el lamento sólo se dirigía a
ella. «¡Tu madre me echa! ¡Tu madre me echa!» Vanina lloraba y lo abrazaba.
Vivíamos en una novela rusa. O en un grotesco de Discépolo. O en un sketch de Cha cha cha.
Al otro día, como si no hubiese pasado
nada. Los dos desayunando juntos. Raúl mojando un sánguche en el mate cocido.
Una vez yo estaba solo en mi pieza, acostado
en mi cama. Ellos discutían afuera. Cada vez más gritos. La puerta se abrió y
entraron tambaleándose. Él sujetándola de las muñecas, ella caminando hacia
atrás. Bailaban un tango violento. Ella tropezó y cayó sobre la cama de
Silvana. Él sobre ella. «¡Soltame!», gritaba mi vieja. «¡Me estás lastimando!»
Él no la soltaba. Acumulé tensión en los hombros hasta que grité «¡Hijo de
puta!». Ninguno de ellos dos acusó recibo. Lo mismo hubiese dado que le gritara
a los personajes de una película en la pantalla del cine. Siguieron así. Se
fueron a pelear a otra parte de la casa. Se reconciliaron. Minutos después,
Raúl entró en mi habitación. Se me acercó mucho. «Nunca vuelvas a llamarme
así», me dijo. Su forma de mirarme me dio miedo.
La última vez que Raúl intentó ponerme las manos encima fue cuando yo tenía quince años. Me estaba gritando. Amagó a agarrarme del brazo. «No me toques», le dije, y lo empujé con fuerza. Trastabilló. No cayó porque se sujetó del placard. Pausa. Nos medimos. Un destello en su mirada. Comunicación animal. De pronto, se dio cuenta de que el cachorro había crecido. ¿En qué momento? ¿Cómo pudo suceder? Siguió ladrando, pero mientras retrocedía hacia la puerta. Salió de mi habitación evitando darme la espalda.
La última vez que Raúl intentó ponerme las manos encima fue cuando yo tenía quince años. Me estaba gritando. Amagó a agarrarme del brazo. «No me toques», le dije, y lo empujé con fuerza. Trastabilló. No cayó porque se sujetó del placard. Pausa. Nos medimos. Un destello en su mirada. Comunicación animal. De pronto, se dio cuenta de que el cachorro había crecido. ¿En qué momento? ¿Cómo pudo suceder? Siguió ladrando, pero mientras retrocedía hacia la puerta. Salió de mi habitación evitando darme la espalda.
le puedo ir a pegar a raulito???????
ResponderEliminarUhhhh que broncón que me dio este tipo!!! Y, perdón si te molesta, pero mucha bronca también tu madre!
ResponderEliminarpufffff mucha bronca.
Crudísimo. Lo expusiste brutal y maravillosamente.
ResponderEliminarDos cosas....en realidad muchas más pero por ahora van dos:
Si te morías antes de ser bautizado ibas al limbo.
Todo me recordaba a los Cubrepileta....hablando de Cha cha Cha.
Abrazo!
Me encantó este post y me dio mucha intriga... Supongo que el autor sabe qué omitir... Hiciste un retrato genial, es casi una tipología de persona.
ResponderEliminarCada vez que te leo me conmuevo, en este caso intento comprender como madre que mierda hacia tu vieja con alguien asi cerca de sus hijos...
ResponderEliminarRami
José Gabriel: ¿Tú también, hijo mío?
ResponderEliminarNo, tú no.
Dana Eva: Bueno, tranqui.
Dany: Me alegro de que te haya gustado. Gracias por los elogios.
Pero ¿al limbo no van los bebés antes de ser bautizados? ¿A los diez hubiese ido al limbo también? Igual, qué embole, ¿no?
¡Los Cubrepileta! Nos faltaba un chino para ser los Cubrepileta.
¡Abrazo y gracias por pasar!
Mateo: ¿tipología de persona?
¿Vos decís que existen otros así?
¿Dónde?
¿En esta dimensión?
Me alegro de que te haya gustado el post, Mateo.
¡Abrazo y gracias por pasar!
Siempre es un gusto leerte.
Ramita: Mi madre tuvo una historia difícil. Y, a veces, las vivencias duras, cuando son tempranas, condicionan nuestras elecciones.
¡Me alegro de que lo que escribo te conmueva!
Abrazo y gracias por pasar.
Siempre es un gusto leerte.