Graciela M es hija de un inmigrante italiano y una indígena. Toba
o mapuche, ya no lo sé. Su madre muere al parirla, o muy poco después. El
recuerdo más viejo que tiene es el de estar hamacándose, sola, a los cinco o
seis años, mientras canta una canción que le enseñó su padre. La canción es en
italiano y habla sobre la mia mamma.
La pequeña Graciela la canta llorando. Su padre se la enseñó para que nunca
olvide a su mamá. Y es efectivo.
Hay
cosas que ya no recuerdo. En algún momento, su padre muere también. No sé
cuándo. Y en algún momento, aún jovencita, Graciela se pone en pareja con un
hombre mucho más grande que ella. Esto ocurre en Arrecifes. Ella nació ahí o
terminó viviendo en ese lugar por razones que desconozco, no lo sé.
Con
ese hombre, Graciela tiene a sus cuatro primeros hijos. Dos varones y dos
mujeres. Sólo conozco al mayor.
Graciela se llevaba muy mal con la familia de su marido. Una vez,
estando ella embarazada, una de sus cuñadas la faja en medio de la calle.
Graciela termina en el piso, cubriéndose el vientre con los brazos para
protegerlo de las patadas de su atacante.
Debido
a varias crisis psicológicas que tiene, tiempo después de haber nacido su
último hijo —el último de esa tanda—, su marido decide internarla en un
psiquiátrico. En ese lugar, un enfermero la viola.
Mientras está internada, su marido la abandona y comienza una relación
con otra mujer.
Cuando
Graciela sale del psiquiátrico, se va a vivir a San Martín y sus hijos quedan
con el padre, en Arrecifes. No sé en qué circunstancias sucede esto. Sólo sé
que, salvo el mayor —Ignacio B, que la busca y se reencuentra con ella mucho
tiempo después—, ninguno de esos hijos quiso volver a verla.
En San
Martín, se instala en el departamento en el que vive cuando yo la conozco.
Propiedad del marido, supongo que él se lo cedió por culpa.
Ahí,
Graciela conoce al que será el padre de Ulises y Pamela. Un hombre
alcohólico y golpeador. Un día, le sugiere a Graciela que se acueste con unos
amigos de él a cambio de dinero. Ella se niega, pero esa noche él cae al
departamento con los dos hombres y ellos la violan.
El
primer hombre es mucho mayor que ella. El segundo y el tercero tienen su misma
edad. Néstor tiene unos quince años menos. El rango de edad va bajando. No creo
que esto sea casual. Después de Néstor, comienza a salir con pendejos. Primero
con un alumno de taekwondo. Después conmigo.
Todo
esto, Graciela me lo contó la vez siguiente que nos vimos, cuando regresó de su
viaje a Ushuaia. Fue por la tarde, en la plaza de Chacarita. A la noche fuimos
a su departamento. Transamos, charlamos, nos reímos. En un momento, pareció
quedarse dormida. No quise molestarla, me quedé acostado a su lado. Al rato,
despertó sobresaltada, llorando. Le pregunté qué le pasaba.
—Nada
—me dijo—. Tuve un sueño.
—¿Qué
soñaste? —le pregunté.
—No
importa… Abrazame.
como que simulaba? como que inventaba y te psicopateaba? eh eh eh? no soñó nada?
ResponderEliminarSimulaba? Todo lo que te había contado esa misma noche era pura y exclusivamente ficción ??
ResponderEliminarLos sueños que hacen llorar se convierten en pesadillas. Con esa historia...
ResponderEliminarLos golpeadores...si que joden, no?
Abrazo! ( he vuelto )
Es increíble como hay mujeres que parecen buscarse siempre gente que las maltrate.
ResponderEliminarNo me gusta Graciela.
ResponderEliminarNo sé si ponerme triste por ella por su vida, por su historia. O no creerle.
La apelación a la piedad me genera eso, indecisión.
Capaz que es todo verdad, motivo por el que diría, pobre mina... Y capaz que es todo actuación... motivo por el que diría... Pobre mina!
Besos cordobeses para Ud.!
Sigue sin gustarme... el sufrimiento la convirtió en manipuladora
ResponderEliminarBesos!
Cuentas claras conservan la amistad ¿cuantos hijos tuvo Graciela, al final?
ResponderEliminarEs notable, a pesar de su desgraciada historia, que ninguna mujer que lee tu blog sienta algo de piedad por Graciela M. Lo podés corroborar en todas las entradas en donde la mencionas. El mérito es tuyo, por tu particular forma de narrar, sigue así.
De yapa, te regalo un aforismo de mi autoría: lo que pasó, pasó, y lo que no pasó está por venir.
José Gabriel: No, yo creo que no soñó nada.
ResponderEliminarLunática: Yo creo que lo que me contó era, al menos en su mayoría, cierto. Con lo de que simulaba, me refería a que para mí fingió que tenía la pesadilla. Ahora borré las dos últimas líneas del texto para que no confundan.
Dany: ¡Me alegro de que hayas vuelto! ¡Y me he enterado de la buena nueva! ¡Felicitaciones!
Hugo: El pasado, a veces, condiciona.
Dana Eva: Oh, no hay caso: no la perdonás con nada.
¡Besos porteños para vos!
Ramita: Oh, no hay caso: no la perdonás con nada.
¡Besos!
Lupus: Graciela tuvo ocho hijos. A saber: Balin, Dwalin, Kili, Fili, Dori, Nori, Ori, Oin, Gloin, Bifur, Bofur, Bombur y Thorin Escudo de Roble.
¿Viste? Ninguna se apiada de Graciela.
¿Escudo de Roble? Me sobran 5 nombres, te cebaste con la Biblia, vamos de nuevo.
EliminarJajaja. ¡Veo que sabés contar!
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