Añooo… ¿96? Ponele.
Sábado a la noche. Todavía soy amigo de
Germán P. Voy a su casa a tomar unas cervezas, a boludear. Estoy seco. En
aquel entonces, no tengo mucho ingreso. Paseo un solo perro, King, un boxer
hijo de puta que no puedo juntar con otros animales porque los quiere matar. Y
es fin de mes. La casa de Germán P queda a unas treinta cuadras de la mía. Voy
a pie porque no tengo guita ni para el bondi. Cuando estoy a una cuadra de la
casa, me intercepta un señor, cuarenta y largos, mucho olor a alcohol. Me pide
una moneda. Le digo que no tengo e intento seguir mi camino. Se me acerca
mucho, me agarra de la ropa.
—Dame toda la guita, pibe —me dice.
—No tengo —repito—. Caminé treinta cuadras
porque no tengo ni para el colectivo.
Duda. Se acerca más aún. Respiro su aliento.
Unos minutos así y voy a quedar tan borracho como él.
—¿Y entonces qué tenés ahí?
Señala mis bolsillos abultados.
En aquel entonces, tengo la costumbre de
levantar porquerías de la calle y llevarlas encima. No me pregunten el motivo,
lo desconozco. Meto mis manos en los bolsillos, las saco repletas de cosas, se
las tiendo. Piedritas, bolitas, almejas, esos frutitos pinchudos de los pinos,
una calaverita de juguete que alguna vez fue parte de un llavero, cordones, una
llave de auto, monedas de diez años antes, unos anillos, un silbato metálico,
dados, además de mis pañuelos —uno en cada bolsillo, para no confundirlos: el
de los lentes y el de los mocos—.
El tipo mira todo esto, atónito. Después, me
mira a los ojos.
—Vos estás peor que yo… —me dice—.
Disculpame, pibe. A mí no me gusta hacer esto, pero estoy sin laburo y le tengo
que dar de comer a la familia. ¿Querés un pucho?
Me tiende un atado.
—No, gracias. Eso sí tengo.
—Chau, pibe. Disculpame, eh…
—Todo bien. No se preocupe.
Misma época, poco antes, poco después.
También un sábado a la noche. Salimos de joda con Leonel M y otros pibes.
Estamos tomando unas cervezas en una plaza de Saavedra. A las doce se nos va a
sumar Germán P con otros amigos. Como quedamos en encontrarnos con él en
determinada esquina, a unas cuadras de ahí, y los pibes tienen fiaca de
trasladarse, me piden que lo vaya a esperar yo, que vengo a ser algo así como
el amigo oficial de Germán P —el resto lo conoce a través de mí—.
Voy hasta la esquina en cuestión. A media
cuadra, en aquel entonces, hay un boliche cuyo nombre no recuerdo. ¿Margarita?
Algo así. Germán es un hijo de puta y siempre llega tarde. Ese día no es la
excepción. Espero, espero, espero. Germán no aparece. Pero se acerca a mí un
muchacho de unos veintipico, vestido de negro, alto, me lleva más de una
cabeza. Tiene mucho olor a alcohol y camina tambaleándose. Se apoya en un
puesto de diarios cerrado y, así afirmado, me dice:
—Dame una moneda, vieja.
—No tengo —miento. Esta vez sí tengo
algunas.
Me mira con una mueca de sorna, desafiante.
—Sí que tenés.
Se me erizan los pelos de la nuca. Me tenso,
como un gato, alerta. Lo mido. Me mide. Junto a nosotros, la gente pasa.
—En serio, no tengo. Pero estoy esperando a
unos pibes que tal vez tengan. Si querés, podés esperarlos conmigo y pedirles a
ellos.
El gesto se torna amenazante.
—¿Me estás apurando? —me pregunta.
—No… Solamente te digo…
Germán
y la re concha de tu putísima madre.
—Vamos una cuadra para adentro y hacemos un
mano a mano, si te la bancás.
No me la banco una mierda; aunque da la
impresión de que si le sacás el puesto de diarios, el tipo se cae al piso todo
lo alto que es.
No respondo. Reprimo las ganas de irme.
Intento conservar mi dignidad. Dejo de atenderlo con la esperanza de que se
canse y se vaya. No funciona.
—Dame el reloj —me dice.
Miro el reloj. Imagino mi muñeca sin él. No
me gusta la imagen. No quiero dárselo. Pero tengo miedo de que haga algo para
obtenerlo. Esas cosas raras de la cabeza, lo único que atino a decir es:
—¿Por qué?
Duda.
—Porque soy un ladrón —responde.
Su argumento es contundente. Sin embargo, no
logra su objetivo. Decido que he escuchado suficiente por esa noche. Me cago
en tu madre puta, Germán, pienso, y emprendo el camino hacia donde me
esperan los pibes.
—¡Corrés! —me dice el ladrón, con un grito
de borracho.
Las ganas me sobran, pero me fuerzo a
caminar despacio. Llego a la esquina. Me volteo. El tipo sigue apoyado contra
el puesto de diarios.
—¡Corrés! —repite.
Cruzo Cabildo. Lo miro por última vez. Sigue en la misma posición. Tal vez me habla. No lo sé. No lo escucho. Me alejo hacia la plaza por una calle lateral. Cuando salgo de su radio de visión, por las dudas, corro.
Cruzo Cabildo. Lo miro por última vez. Sigue en la misma posición. Tal vez me habla. No lo sé. No lo escucho. Me alejo hacia la plaza por una calle lateral. Cuando salgo de su radio de visión, por las dudas, corro.
INquietante, el ladrón me recordó a un ex, jajaja te juro!!! pero no era ladrón (creo).
ResponderEliminarY la situación de los bolsillos vacios de dinero pero llenos de otras cosas, la imaginé mil veces, pensando en que si me querian robar iba a decir, flaco prestame plata que si estoy caminando a esta hora es porque no tengo ni para el bondi :(
Como siempre, me encanta lo que leo!
Rami
Busqué más referencias a Germán P. en sus escritos anteriores y la verdad que no vale una moneda....o un faso.....o una calaverita de ex-llavero. Ni hablar de una muñeca vacía de reloj. Germán P, es una desgracia. Abrazo.
ResponderEliminar"En serio, no tengo. Pero estoy esperando a unos pibes que tal vez tengan. Si querés, podés esperarlos conmigo y pedirles a ellos". Jajaja que hijo de puta, inocencia asesina.
ResponderEliminarTodo un Judas.
Eliminarcomo me gusta esa parte que dice dame el reloj por que? por que soy un ladrón jajajjajajajajaja tenia el carnet de ladrón al día? increíble como persuadió a los malandras, eso si no se junten mas con gente que llega tarde se lo digo por experiencia.
ResponderEliminarVos tenés más historias de robos frustrados!!! jajaja me encantó lo de "porque soy un ladrón" la lógica, parece que en estos casos, no funciona...
ResponderEliminarBesote!
"Germán y la re concha de tu putísima madre" jajajajaj me hiciste reir. Muy argento, me encantó.
ResponderEliminarq bien escribís, estoy en alerta hasta el final! beso.
ResponderEliminarMano negra...
ResponderEliminarEl que roba a un ladrón, tiene cien años de perdón.
Yo por eso voy siempre armado. Si me encuentro con uno, lo pongo y tomo el cielo por asalto.
Yo que vos, los sábados a la noche, salgo con algún bien para ofrecer sin problemas, con algún dinero falso... se ve que es un día que puede traer conflictos a tu configuración astral.
Abrazo
y abundancia para todos!
Un placer pasearme por tu espacio. Tu relato me mantuvo a la espectativa desde el inicio. Muy bien escrito! Regreso pronto!
ResponderEliminarhttp://cuentosdensueno.blogspot.com
http://a212grados.blogspot.com
A ver si logro explicarme...
ResponderEliminarTu forma de relatar es tan coloquial que parece que la estuviera escuchando y no leyendo. Hay en juego aquí muchos artilugios que atrapan al lector.
Un abrazo.
HD
Ramita: Tu ex no era ladrón... ¿Entonces? ¿Qué tenía en común con este tipo? ¿Se emborrachaba a menudo y se apoyaba en puestos de diario para no caerse?
ResponderEliminar¡Gracias por tus elogios! Es muy lindo leerte.
Abrazo y gracias por pasar.
Dany: Jajaja. Qué gracia que me causa leerte hablar sobre Germán P. No, no vale una calaverita de ex-llavero ni muñeca vacía de reloj. Jajaja.
Abrazo y gracias por pasar.
Boris: Jajaja. ¿Viste?
¡Tanto tiempo! Un gusto verte por aquí.
Abrazo y gracias por pasar.
Dana Eva: No, ¿viste? Mejor argumento hubiese sido una trompada directa a mi mentón.
¡Besote y gracias por pasar!
Siempre es un gusto leerte.
Sole LC: ¡Me alegro de haberte hecho reír! ¡Qué lindo elogio!
Abrazo y gracias por pasar.
ayesalourdes: ¡Gracias! Me alegro de que te atrape lo que escribo. Gracias por pasar y gracias por el elogio.
Bienvenida.
Abrazo.
Alejandro Cossavella: Bueno, en aquella ocasión no andaba con dinero falso, pero sí con monedas viejas. ¿Eso no cuenta?
¡Abrazo y gracias por pasar!
Marilyn Recio: ¡Gracias por tan lindos elogios! Me alegro de que te haya atrapado lo que escribo.
Bienvenida.
¡Abrazo y gracias por pasar!
Humberto Dib: Sí, lográs explicarte.
Sí, mi forma de relatar es coloquial. Juego mucho con eso. Me sienta cómodo y parece ser efectivo.
¡Gracias por el elogio!
Te mando un abrazo.
Gracias por pasar.