domingo, 13 de noviembre de 2016

FILO

Entre todos los objetos que heredé de papá, hay una tijera. El más valioso de ellos, exceptuando, tal vez, un reloj cuyo origen desconozco, notoriamente antiguo, que está dentro de un estuche de Casa Ares junto con una moneda del sesquicentenario de Uruguay con la efigie de Artigas. Hablo de valor monetario, ya que muchos de los demás objetos —en su mayoría fotos, dibujos, cartas y escritos— pueden disputar en valor emocional con esta tijera, pero difícilmente proporcionarían algún dinero a quien pretendiera venderlos. El resto, algunos calzoncillos agujereados que —debido a mi precaria situación económica al momento de morir papá— me vi obligado a sumar a mi guardarropa, se ha desintegrado hace tiempo.

Desconozco la antigüedad de esta tijera. Puede que sea más vieja que yo, incluso, aunque no lo parece. Si he de guiarme por mi memoria, papá la ha tenido desde siempre. De marca Mundial, hecha en Brasil, el célebre modelo punto rojo —tantas veces ofrecido por vendedores ambulantes en el transporte público—, llamado así por el remache de ese color, que lleva grabados los cuatro palos del póker.

Era habitual escuchar discutir a mi padre con mi hermana y con mi madre respecto al filo de la tijera. Tan habitual como tantas de esas discusiones menores, pacíficas, que existen en todas las familias y que se repiten a tal punto que uno puede recitarlas de memoria apenas comienzan. «Se te va a caer el cartón y se va a volcar toda la leche. Dejá ese cuchillo. ¿Para qué tenemos una tijera?». «No corta nada. Está desafilada». «¡No está desafilada! Si la usé recién…». «Yo traté de usarla hoy a la mañana y no pude cortar nada». «¡Yo la uso todos los días! Dejá ese cuchillo que te vas a lastimar. Dame la tijera, yo te lo abro».

En el hospital, ya desahuciado por los médicos, papá seguía discutiendo sobre lo mismo. «Mañana le voy a pedir a Esther que me corte el pelo. Tráiganme la tijera, por favor». «Esa tijera no corta nada. Está desafilada». «Y dale con que está desafilada… ¡Todos los días la uso! ¡Corto todo con esa tijera! ¡No está desafilada!».

A la semana, papá murió.

No hizo falta sucesión alguna para que me quedara con la tijera, el reloj, los papeles y los calzones.

Permanecí unos meses en Santa Rosa ayudando a mamá a tramitar su pensión por viudez y volví a Buenos Aires.

Era el año 2002. Me había quedado sin trabajo poco antes de partir a La Pampa al enterarme de la enfermedad de papá —la empresa de mi tío había quebrado como tantas otras— y debía varios meses de alquiler. Prometí al dueño del departamento que saldaría mi deuda en cuanto pudiera, retiré mis pertenencias y me fui a vivir a lo de un amigo. 

Meses después, mamá y Silvana se mudaron a Buenos Aires y yo me fui con ellas. Volvimos a vivir los tres con la tijera.

Conocí a una chica. Me dijo que quería tener algo conmigo por un tiempo razonablemente eterno. Fuimos pareja durante ocho años.

Cuando comenzamos a salir, María tenía nueve gatos. En el transcurso de nuestra relación, fueron muriendo hasta que sólo quedó uno. María quería especialmente al último que murió. Cortó algunos de sus bigotes con la tijera y los guardó en una cajita como recuerdo.

Murió mi abuela Elda. Sobrevivió a su hijo dos años.

Murió mi suegra.

Internaron a Esther en un geriátrico. Murió.

Silvana se puso de novia. Se separó después de cuatro años. Tuvo algunas minirelaciones con distintos pelotudos. Se puso de novia otra vez. Se casó y está esperando un bebé.

Cobré el subsidio de desempleo por un año. Repartí volantes, pegué afiches. Dejé currículums en agencias de trabajo sin resultado alguno. Paseé perros durante siete años. Algunos murieron. Los quería mucho. Luna, Brownie, Kumpa.

Silvana vendió milanesas de soja, trabajó en un call center, repartió volantes, vendió productos de Natura. Hace ocho años que trabaja en una agencia de turismo.

Tomé clases de actuación durante cuatro años. Hice la asistencia de dirección de tres obras de teatro, actué en otras tres y ensayé una cuarta que se abortó antes de estrenarse. Con un grupo de amigos, hicimos ocho números de una revista de historietas. Tomé clases de serigrafía por varios meses. Usé la tijera para cortar papel, tela, láminas de acetato. Escribí una novela.

Tuve un neumotórax. Al operarme, me dañaron un nervio y, por culpa de eso, se me atrofiaron varios músculos del hombro y de la espalda. Para recuperarlos, fui a un gimnasio durante un año y me dieron diez sesiones de electroestimulación.

Me fui a vivir con María. Llevé la tijera conmigo.

Murió mi abuela Yolanda. Mamá se compró un departamento con la plata que heredó.

Silvana se mudo con Gabriel.

Me separé de María. Me sentí morir, pero no morí.

Me fui a vivir a lo de Silvana, alternando con lo de mamá.

Hice terapia. Tuve que medicarme un año para poder dormir.

Tuve que cambiar de trabajo para poder alquilar. Volví a trabajar en relación de dependencia, a pesar de que me había prometido a mí mismo no hacerlo.

Dejé currículums en diecisiete librerías, me entrevistaron en tres, me tomaron en una.

A los tres meses, me echaron. Tres semanas después, me volvieron a tomar.

Me mudé a lo de un amigo. Ahorré. Me fui a vivir solo.

Comencé el blog. Conocí a muchas personas a través de él. Algunas solo pasaron, otras se quedaron.

Publicaron textos míos en algunas revistas, leí en algunos eventos.

Una chica me dijo que quería tener algo conmigo, pero solo por una noche. Ese algo duró más de dos años.

En la librería, al año de estar trabajando, me ofrecieron ser encargado. Rechacé la propuesta. Me pusieron de encargado igual.

Me alejé de personas que antes frecuentaba mucho, otros vínculos los reforcé.

Me reencontré con Vanina, mi hermana más chica, después de doce años de estar distanciados.

Ayudé a un amigo a corregir sus dos novelas.

Renové mi guardarropa. Cambié de celular dos veces, pero siempre por el mismo modelo anticuado. Perdí algunas muelas, me puse algunas coronas. Cambié varias veces los lentes de contacto. Leí muchos libros, pero menos de los que quisiera.

Y, en todo este tiempo, la tijera estuvo junto a mí. Corta perfectamente, como siempre. La uso para abrir paquetes de fideos, de azúcar, cartones de leche, para separar la factura de las expensas del resumen de gastos. Ahora mismo, mientras escribo esto, descansa sobre la mesa ante mi vista. Nunca ha estado desafilada. Nunca lo estará. Vos y yo lo sabemos.

domingo, 2 de octubre de 2016

(NO) QUIERO VOLVER A VERTE, HILARY

La primera vez que vi a Hilary Swank fue en Boys don’t cry. Enganché la película empezada, por eso Hilary me engañó a mí también haciéndome creer que era un chabón. Papá moría, lentamente, en el hospital y yo buscaba en la televisión algo que me distrajese. Algo que me quitase de la mente, al menos por un rato, su rostro lívido, cada día más muerto. Con el pelo corto y su camisa leñadora, Hilary se parecía al exnovio de una de mis hermanas. Eso hizo que me detuviera en ese canal. Enseguida, apareció Chloë Sevigny, una buena razón para quedarme. A ella sí la conocía, de Kids, otra película terrible. Después, la trama me envolvió como una araña. Paralizó mis músculos y se tragó el poco aire que me quedaba.

Terminó la película y me levanté del sofá con esfuerzo. Estaba exhausto, pero necesitaba salir a caminar. Era de noche. Me dirigí hacia la laguna Don Tomás, a dos cuadras de allí, tambaleándome. Me apoyé en la baranda del pequeño muelle. Es más exacto decir que mis dedos se clavaron en la madera como garras. Recién ahí, con el agua ante mi vista, logré tomar una bocanada de aire. Larga como el padecimiento de mi padre. Y vomité por los ojos todo el horror de lo visto esos últimos días.

Papá en la cama del hospital parece un bebé. El escaso cabello despeinado, el torso desnudo envuelto en sábanas blancas. La expresión de ingenuidad. La mirada perpleja al verme atravesar la puerta. Teena Brandon Brandon Teena es rodeado y hostigado por la madre y los amigos de la mujer que ama. El círculo se estrecha a su alrededor. Son perros a punto de despedazarlo. El interior del cuerpo de papá  plagado de bultos informes que se hacen visibles cuando exhala el aire. John Lotter y Tom Nissen sujetan a Brandon, lo encierran en el baño, lo golpean y lo desnudan. Obligan a su novia a mirar sus genitales. Papá tiembla y se retuerce. Reza. Aprieta los dientes. Maldice al Cielo sin palabras, con el puño en alto. John y Tom esperan a Brandon fuera de la casa. Lo llevan en coche a un lugar solitario. Lo golpean. Lo vuelven a desnudar. Lo violan. Papá se atraganta. Tose. Lo tomo de los hombros y levanto su torso. Abre los ojos enormes. La cara roja, las venas de la frente y del cuello están por reventar. El ojo vivo me mira sin verme. El ojo muerto mira hacia cualquier lado. Brandon recibe un disparo en la cabeza. Su sangre mancha la pared. Acuchillan su cuerpo inerte. Otro disparo mata a su amiga Candace en presencia de su bebé.

Cinco años después, volví a cruzarme con Hilary Swank. En el hospital Cetrángolo. Mi compañero de habitación hacía zapping y se detuvo en Million dollar baby. Me preguntó si estaba de acuerdo. Respondí que sí. No me llamaba mucho una película sobre una boxeadora, pero ¿por qué iba a decirle que no? Si el que quería ver televisión era él. En todo caso, yo podía dedicarme a mirar el árbol de la ventana o a toser y drenar aire y sangre por el agujero que tenía en el costado, lo único que se me pedía que hiciera en ese lugar. O a pensar cómo reconstruir mi vida. O todo eso junto. Pero Hilary me atrapó de nuevo.

No entreno a chicas. Quizás debería. Los que me ven pelear dicen que soy muy dura. Niña, ser dura no basta. La tenacidad. Eso fue lo que captó mi atención. Pierdes el tiempo: ya te dije que no entreno a chicas. Creí que le convencería. La fuerza de voluntad. El cuerpo llevado al extremo de lo soportable. Si existe alguna magia en el boxeo, es la magia de presentar batalla más allá de la resistencia. Más allá de las costillas fracturadas, los riñones reventados y los desprendimientos de retina. La autodestrucción. No respiras bien, por eso jadeas. Justamente por eso estoy acá. ¿O te pensás que por gusto me dejé clavar este tubo en el costado del cuerpo? No soy masoquista, aunque lo parezca. O sí lo soy y lo disimulo ante mí mismo, no lo sé. Mi viejo me puso mi segundo nombre por el Cristo. Por una canción de Alma y Vida que es una alegoría del Cristo. Tal vez por eso ahora estoy aquí, con una herida en el costado y los brazos en cruz, con una botella de suero enchufada en cada uno. El boxeo es un acto antinatural, porque todo va al revés. En vez de huir del dolor, como haría una persona cuerda, das un paso hacia él. Nunca me detengo. O casi. No por propia voluntad. No duermo, no como y sigo andando, doscientas cincuenta cuadras por día con ocho animales atados a la cintura. Saco mi fuerza del estómago. Llevo un volcán aquí dentro. Si me detengo, me consume. Debo inmolarme para aplacar su furia. Pero la carne es débil. Mi carne no está a la altura de mi voluntad. Por eso estoy acá, esperando que me lleven al quirófano. No respiras. Siento discrepar con usted. Cada vez que estás bajo presión, aguantas la respiración. Deja de hacerlo. De acuerdo. Hicieron lo posible por evitar operarme. Sin éxito. Vamos a tratar de que lo resuelvas vos solo, dijo el médico. Lo único que tenés que hacer es toser. Para drenar el aire atrapado en la pleura. Caminar y toser. Toser con este tubo en el costado duele como la concha de su madre. El músculo se contrae alrededor del tubo y sentís como si te clavaran un cuchillo. Pero yo nunca me detengo. Si hay que caminar y toser, camino y toso. Más que cualquiera de los que están internados aquí por lo mismo que yo. Más que todos los que han estado internados alguna vez y los que lo estarán desde hoy hasta que el tiempo derribe estas paredes y no deje piedra sobre piedra. Camino por el pasillo, ida y vuelta. Toso cuando llego al medio y a los dos extremos. Toso y mis piernas tiemblan. Me apoyo en la pared, el agua del frasco que llevo al costado burbujea y se tiñe de rojo. Mi papá tenía un pastor alemán: Axel. Axel tenía los cuartos traseros tan mal que se arrastraba de una habitación a otra con las patas delanteras. Mardell y yo nos partíamos de la risa viéndole deslizarse por el suelo de la cocina. Toso fuerte. Y dejo que la mano fantasma clave su puñal en mi costado. ¿Ves? ¡Así tenés que toser!, le dice, señalándome, un tipo a su hijo de veinte años. No esa tosecita maricona que hacés vos. Hago esto durante quince minutos una vez por hora. Los cuarenta y cinco minutos restantes los paso echado recuperándome del dolor. Creí que lo lograría, lo que mostraban las radiografías era alentador. Pero hoy el pulmón volvió a colapsar. Altayrac, veo una operación en tu futuro, dijo el médico. Ambos reímos. Y aquí estoy, a cuarenta y ocho horas de ser operado, viendo en la televisión a una boxeadora rompiéndose el cuello con una banqueta, quedando paralítica y mordiéndose la lengua para suicidarse. Bueno… Desconectaré tu respirador y te dormirás. Luego, te pondré una inyección y permanecerás dormida.

Lo has hecho de nuevo, Hilary.

Bienvenida la destrucción temida. El estruendo de la fortaleza que se derrumba. Los escombros, ellos mismos otra fortaleza, inexpugnable. Bendita muerte y resurrección. (No) quiero volver a verte, Hilary Swank. En mi próximo trance terrible, si enciendo la televisión y te encuentro, (no) cambiaré de canal.

viernes, 22 de abril de 2016

HOY NO

Algún día hablaré sobre cómo fui destruido y sobre cómo resurgí de mis escombros, pero ese día no será hoy. Decir que hablaré de ambas cosas no es del todo exacto, ya que ambas cosas no son sino una. Los límites del lenguaje me obligan a nombrar como dos movimientos lo que es uno solo, o yo decido hacerlo así, no me queda claro. Hagan de cuenta que estoy hablando de dar vuelta un guante, o una media. Hagan de cuenta que estoy hablando de eso, aunque no lo estoy haciendo, ya que no hablaré de eso hoy, sino mañana. Tal vez.

miércoles, 17 de febrero de 2016

domingo, 19 de abril de 2015

LA GLORIA DE DIOS

La mujer del viejo Urdániz parió dos sirenitas. Mellizas. Dos niñas con las piernas pegadas.

La abuela de Alejandro, partera del pueblo, asistió a la mujer en el alumbramiento.

Cuando le mostraron a la primera niña, el viejo Urdániz permaneció en silencio. Al ver a la segunda, soltó una blasfemia.

Los Urdániz nunca habían sido muy sociables, pero a partir de entonces lo fueron menos. Pocas personas ajenas a la familia volvieron a pisar la casa.

Antes del año, las sirenitas aprendieron a desplazarse arrastrándose por el suelo. El viejo Urdániz las vistió con costales de harina y las llevó al patio del fondo. Las largó en la fosa en la que vivían los conejos. Allí se quedaron a vivir ellas también.

La abuela de Alejandro era vecina de los Urdániz. Sus patios lindaban. Siempre que Alejandro visitaba a su abuela y jugaba en el fondo, trataba de ver a las sirenitas. La ligustrina se lo impedía. Una esquina del alambrado estaba libre, pero allí su abuela le prohibía acercarse. Tenía que conformarse con escuchar.

Las sirenitas cantaban. Imitaban lo que sonaba en la radio que la gente de la casa apoyaba en la ventana. No sabían hablar. Graznaban, chillaban. Tangos, zambas, bagualas.

—Abuela…

—¿Qué, pichón?

—¿Cómo son las sirenitas?

—Son unas nenas preciosas. Muy bonitas de cara. De ojos grandes, azules como el cielo. Lo único que tienen feo son los dientes. Todos puntudos.

Una noche que Alejandro estaba de visita, vinieron a buscar a su abuela para que asistiera a una parturienta.

—¿Usted se puede cuidar solo, m’hijo?

—Claro, abuela. Yo me arreglo.

—Vuelvo en un par de horas y termino de cocinar. Si le agarra hambre, puede picar un poco de aquel salamín. Ahí tiene pan.

De modo que Alejandro sabía que su abuela no volvería antes de las once.

Tomó la linterna del cajón de las herramientas y salió al fondo de la casa. El chasquido de la puerta mosquitera de madera a sus espaldas lo sobresaltó. Con cautela, iluminando el camino, dirigió sus pasos hacia la esquina prohibida del alambrado.

Pudo ver el patio de los Urdániz sin interferencia. La luz de la luna se derramaba sobre la fosa de los conejos, cuadrada, extensa como una pileta. Sólo quedaba a oscuras un ángulo, cubierto por la sombra de la higuera. Allí se movían formas indefinidas. Apuntó con la linterna a ese sitio.

Un conejo. Otro.

Creyó ver algo que se arrastraba, alejándose de la luz. Apuntó en esa dirección.

Los ojos rojos de otro conejo.

Seguía pareciéndole que algo lograba eludirlo.

Giró el foco para agrandar el haz de luz.

Un chillido, demasiado cercano, le hizo soltar la linterna. No la necesitó para volver a la casa como un relámpago.

miércoles, 18 de marzo de 2015

DESPOJADO

La mujer apoyó el libro en el mostrador.

¿Qué libro era? ¿Uno de arte? ¿Uno de filosofía?

No lo recuerdo. No le presté atención, estaba haciendo varias cosas a la vez.

Le cobré.

—¿Me lo envolvés para regalo? —pidió.

—Cómo no —dije.

Hice el paquete. Cuando estaba a punto de ponerle el moño, me detuvo.

—Sin moño, por favor —dijo—. Si no, mi hijo me lo tira por la cabeza. Es minimalista.

Quedé inmóvil, con el moño en la mano, pegado a los dedos. Levanté la vista, la miré a los ojos. Su expresión era grave. Parpadeé. Volví a mirar el moño. Lo pegué en el mostrador.

Pobre mujer…, pensé.

La imaginé golpeando la puerta del cuarto de su hijo.

—Andrés…

Contra el pecho sujeta un paquete a lunares, con un moño enorme, dorado. Su hijo no contesta. Ella prepara el puño para golpear nuevamente, pero a último momento titubea. Da un solo golpe, casi inaudible.

—Andresito…

Espera. Aguza el oído. Tal vez su hijo duerme, o salió sin avisarle. Da media vuelta y se dispone a retirarse. La voz de su hijo la frena en seco.

—¡¿Qué querés?!

—Andresito… —dice ella, volteándose de nuevo—. Tengo algo para vos…

Le habla a la puerta cerrada como si en ella viera el rostro de su hijo.

Otra vez el silencio. Sus facciones se contraen del dolor. Nunca sabe cómo actuar con su hijo. ¿Cuándo se convirtió su niño en este extraño?

—¡Pasá! —dice su hijo, finalmente.

Ella oculta el paquete tras de sí y abre la puerta.

El lugar parece más grande de lo que es por lo vacío que se encuentra. Es más despojado que mi departamento, incluso. No hay cuadros ni ningún elemento decorativo. No hay ventanas, Andrés las hizo tapiar para que nada interrumpiera el blanco impoluto de las paredes. El trabajo fue hecho tan concienzudamente, bajo supervisión estricta de él mismo, que es imposible adivinar dónde estaban ubicadas las aberturas. El piso, de porcelanato, también es blanco. El único mobiliario, si puede ser llamado así, es un cubo de madera laqueada, negro, colocado en el centro exacto de la habitación.

Sentado sobre él está Andrés —enorme: un metro noventa, ciento veinte kilos—, con otro cubo entre las manos, pequeño. Es similar a un Rubik, pero blanco y negro. Pasa gran parte del día encerrado, dándole vueltas a este artefacto. No trabaja, no estudia. Está cerca de cumplir los cuarenta años y sigue siendo mantenido por su madre. Su padre los abandonó cuando él era un niño pequeño.

La mujer entra a la habitación y se para frente a su hijo. Sonríe, aún con las manos detrás de la espalda.

Andrés no interrumpe lo que está haciendo.

La sonrisa de la mujer se va desdibujando.

—Hijo… —dice—. Te traje un regalo…

Sin dejar de manipular el rompecabezas, Andrés levanta la vista fugazmente y de nuevo se enfrasca en lo suyo.

—¿No querés ver lo que es? —dice la mujer después de un rato.

Andrés resopla. Deja caer los brazos pesadamente a los costados del cuerpo.

—Bueno, dale… —dice.

La mujer vuelve a sonreír, como si no percibiera en el rostro de su hijo la mueca de desdén, con algo de asco. Le tiende el paquete.

Andrés no lo toma. Sólo lo mira con una expresión de desagrado profundo. El Rubik bicromático resbala de su mano y rebota contra el piso. El recinto devuelve el eco del repiqueteo.

—¿Qué pasa, hijo?… —pregunta la mujer—. Es un libro… De un autor que te gusta… Abrilo…

Andrés le arranca el paquete de las manos. Lo sostiene ante sí, sin quitarle la vista de encima. Sus dedos aprietan cada vez más fuerte, hasta volverse blancos. Tiembla. Es un volcán por entrar en erupción. Estalla en un rugido.

—¡Tiene moño!

—¡Claro, hijo! —dice la mujer con voz lastimera—. ¡Es un regalo!…

—¡¿Cuántas veces te tengo que repetir que soy minimalista?! —grita Andrés, y clava en su madre los ojos fieros.

La mujer conoce ese gesto. Sabe que cuando su hijo la mira así, lo más conveniente es… correr.

Antes de alcanzar la puerta, recibe el impacto del paquete en la nuca. Un libro grande, pesado como un ladrillo. La caída de los gigantes, de Ken Follett, o alguno de la saga Canción de hielo y fuego.

Traumatismo de cráneo. Ocho días internada y un mes de reposo domiciliario.

Los moños no son minimalistas, ha aprendido la lección. Nunca la olvidará.