domingo, 15 de septiembre de 2013

SAÚL, DAVID Y CIEN PREPUCIOS COMO DOTE

Primer Libro de Samuel, capítulo 8 al 28.


El último de los jueces justos de Israel fue Samuel.

Mas aconteció que cuando Samuel era ya viejo, puso por jueces a sus hijos Joel y Abías.

Pero no anduvieron los hijos por los caminos de su padre, sino que declinaron tras el interés, y aceptaron sobornos, y pervirtieron el derecho.

A raíz de esto, los ancianos de Israel se congregaron y fueron a Samuel a pedirle que constituyera sobre ellos un rey para que los juzgara, como era usanza de otras naciones.

Jehová tomó esto como una afrenta, puesto que era él quien reinaba sobre Israel. Pidiendo un rey, el pueblo lo estaba desechando. No obstante, luego de advertir a los hebreos lo que implicaría tener un rey como otras naciones —ceder sus hijos como siervos y siervas, pagar tributo, etc.—, accedió a la demanda. (1)

Obviamente, el rey lo elegiría él. Y el primero a quien eligió fue Saúl. Pero Saúl se mandó dos cagadas y Jehová se arrepintió de haberlo elegido. (2) Como antes se había arrepentido de haber creado a la humanidad y de tantas otras cosas. Porque, repito, el Dios de los hebreos no era infalible: eso del Dios omnisciente, conocedor de dónde terminan todos los caminos, es un invento cristiano. Jehová se guiaba por corazonadas y muchas veces le pifiaba. Y todos sus errores los solía reparar de la misma forma: mediante la destrucción.

La primera cagada que se mandó Saúl fue ofrecer él mismo un holocausto a Jehová, siendo que, al no ser sacerdote, no tenía permiso para hacerlo.

El pueblo se había agrupado, con él al mando, para batallar contra los filisteos. Samuel, que sí era sacerdote, había dicho que se reuniría con ellos en el término de siete días. Cumplido ese plazo, Samuel aún no aparecía y el combate era inminente. El pueblo, atemorizado ante el despliegue de fuerzas de los filisteos, comenzaba a dispersarse. En estas circunstancias es que Saúl decide hacerse cargo él mismo del sacrificio de las reses en honor a Jehová, acto que ya sabemos era indispensable para ganar su favor —con el estómago vacío no te movía un dedo—. Con esto, pretendía infundir valor en el corazón de los hebreos. (3)

La segunda cagada que se mandó Saúl fue no matar a la totalidad de los prisioneros tras un combate contra los amalecitas ni destruir todos sus rebaños, tal cual había ordenado expresamente Jehová. (4)

Como verán, ninguna de las dos faltas de Saúl fue cometida por mala fe —lo mejor de los rebaños de los amalecitas no fue conservado por codicia, sino para ser sacrificado como ofrenda a Jehová—. (5)

¿Cuál fue el pecado, entonces?

El no haber obedecido ciegamente. El haber obrado con autonomía y usando la razón. Porque en lo que sí coinciden la religión judía y la cristiana —y, hasta donde yo sé, también el islamismo— es en que promulgan el sometimiento absoluto a la voluntad de Dios. (6)

Por estas faltas, pues, Jehová decide cambiar a Saúl por David. (7) Pero no destruye de inmediato al primero para poner al segundo en su lugar, escoge para esto un camino más sinuoso. Entrecruza las vidas de ambos de manera tal que entre ellos nace una amistad, (8) y luego le hace saber a Saúl que es David quién goza ahora de su favor y quién habrá de reemplazarlo, destronándolo. (9) Se forma así un triángulo entre ellos dos y Jehová, con Saúl oscilando entre el odio y la culpa, e intentando matar a David reiteradas veces para luego arrepentirse. (10)

Yo veo un paralelismo notable entre esta historia y la de Caín y Abel, aunque el desenlace sea distinto.

La historia de Saúl y David es la única de la Biblia que me gusta genuinamente y de algún modo me conmueve —las otras sólo me indignan y me divierten—. Para conocerla, les recomiendo que lean Saúl, la obra teatral de André Gide, donde él narra con maestría las relaciones tortuosas de este triángulo y las de otro: el triángulo gay formado por David, Saúl y su hijo Jonatán. (11)

Yo sólo he de narrarles un pequeño episodio en particular.

Luego del famoso combate en el que David derriba a Goliat con su honda, Saúl y David —junto con el resto de los combatientes— son recibidos por las mujeres de Israel que, bailando y tocando panderos, cantan:

¡Hirió Saúl sus miles; mas David, su diez miles!

A partir de aquí es que Saúl comienza a ponerse celoso de David, (12) y en poco tiempo esos celos mutan en odio y temor. (13)

Saúl desea que David muera.

Primero, en un rapto de locura, intenta matarlo arrojándole una lanza mientras David toca el arpa en su presencia (14) —tal era la función que David cumplía en la corte en un principio, antes de que se revelara su veta guerrera y se lo pusiera al mando de un grupo de soldados: tañer el arpa para apaciguar a su rey cada vez que a éste lo torturaban sus demonios internos—. (15)

Después, planea hacerlo morir a manos de los filisteos. A tal fin, le ofrece la mano de su hija Micol. (16) Cuando David declara no tener dinero para pagar la dote, Saúl le manda a decir:

No desea el rey dote alguna, sino cien prepucios de filisteos, para vengarse de sus enemigos. (17)

Con lo cual pareció a David cosa muy acertada ser yerno del rey (18) —por Dios, qué gente extraña estos hebreos…—.

David, pues, se pone en campaña para conseguir los prepucios, con la ayuda de sus hombres. Desafiando los pronósticos de Saúl, no sólo no pierde la vida en esta empresa, sino que retorna con el doble de lo pedido: es decir, con doscientos prepucios. (19)

Saúl cumple su palabra y cede la mano de su hija a David.

Lo que yo me pregunto es quién fue el desgraciado que tuvo que abrir la bolsa y contar uno por uno los anillitos de piel ensangrentados.


(1) 1º Samuel 8:7-22
(2) 1º Samuel 15:35
(3) 1º Samuel 13:4-14
(4) 1º Samuel 15:2, 3, 7-10
(5) 1º Samuel 15:13-15
(6) 1º Samuel 15:19-23
(7) 1º Samuel 16:1
(8) 1º Samuel 16:21, 22
(9) 1º Samuel 28:16, 17
(10) 1º Samuel 24:16-19; 26:21
(11) 1º Samuel 20:30; 2º Samuel 1:26
(12) 1º Samuel 18:6-9
(13) 1º Samuel 18:12
(14) 1º Samuel 18:10, 11
(15) 1º Samuel 16:14-16, 23
(16) 1º Samuel 18:20, 21
(17) 1º Samuel 18:25. Ojo: algunas traducciones pacatas tergiversan esto y dicen cien cabezas en vez de cien prepucios. Si la que tienes en tus manos es una de ellas, pide otra biblia a tu hermano, o googléalo, y verás que no miento.
(18) 1º Samuel 18:26
(19) 1º Samuel 18:27

4 comentarios:

  1. Me encantan estos pasajes donde Yahveh es caprichoso, odioso y se manda cualquiera... Cuando llegues al Nuevo Testamento me voy a aburrir más en este sentido, pero va a aparecer nuestro buen amigo Jesus y va a haber mucho de qué hablar. Genial, como siempre.

    La lira (originalmente de una cuerda), similar al arpa hebrea que tiene un nombre raro, tiene una relación directa con el arco de batalla, me señala acá un amigo músico. Tocar el arpa y guerrear no son dos actividades opuestas. Recuérdese a Apolo que tocaba la lira y disparaba con el arco...
    De los prepucios tengo mucho que decir, pero eso va para otro día.

    Sabes qué le viene haciendo falta a este blog? Algún cristiano que se indigne y te diga barbaridades. Voy a invitar a alguno a que te lea.

    Saludos!

    ResponderEliminar
  2. Mateo tiene mucha razón. Un cristiano o un judío indignado (al fin y al cabo esto está en la torah, ¿no?) estaría muy bien.

    ResponderEliminar
  3. y leyendo este amistosos pasaje el sr zaffaroni se hizo juez.

    ResponderEliminar
  4. Mateo: Me ha gustado tu comentario sobre la lira y el arco.
    A la espera de tu amigo cristiano y tus anécdotas sobre prepucios.
    ¡Abrazo y gracias por pasar!

    Viejex: Amén.

    José Gabriel: ¿¿¿Por qué Zaffaroni???

    ResponderEliminar