viernes, 1 de julio de 2011

GENTE EXTRAÑA: LOS PIBES DE MARTELLI

Conocí a los pibes de Martelli a través de Claudio G, amigo mío y también un sujeto bastante extraño de quien tal vez hable en otro momento.

Los pibes de Martelli eran tres: Federico A, Pablo S y Hernán V. Ninguno de ellos sobrepasaba la veintena. Yo apenas la sobrepasaba.



 
Federico A tenía problemas con sus padres. Por sus malas conductas, ellos solían castigarlo prohibiéndole salir de joda los fines de semana. En señal de protesta, una noche, Federico decidió desarmar su cama. No destenderla. Desarmarla. Utilizando las herramientas de su padre. No la cama de sus padres, sino la suya propia. Una protesta bastante estúpida, convengamos, y que no trajo resultado alguno. O no, al menos, el que él esperaba: que sus padres le permitieran salir de joda esa noche.

—¡Papá! ¡Mamá! —llamó Federico.

—¿Qué querés? —preguntaron sus padres.

—¡Vengan que les quiero mostrar algo! —respondió Federico.

Los padres lo encontraron de brazos cruzados, el porte triunfal, de pie junto a su obra terminada: un conjunto de piezas de madera desperdigadas por la habitación.

Resultado: padre y madre se miraron entre sí y volvieron a mirar a su hijo. Se encogieron de hombros y volvieron a sus aposentos.

Federico, frustrado y humillado por el fracaso de su plan, intentó volver a armar su cama sin éxito. No sólo no salió esa noche, sino que tuvo que dormir sobre el colchón, en el suelo. Esa noche y otras más, hasta que su padre se dignó a armar la cama de nuevo.

La última vez que lo vi a Federico, él estaba trabajando en el Banco Francés. Me reconoció y, amablemente, me cambió más monedas que al resto de la gente de la cola.

Después no lo vi más. Tal vez lo despidieron por desarmar la caja registradora para reclamar un aumento de salario.




Pablo S tenía una pierna un poco más corta que la otra. Y el pie de esa pierna, un poco más chico y con un dedo menos. Pablo S tenía problemas a la hora de comprar zapatillas, porque calzaba distinto en cada pie.

El mercado del calzado es insensible a este tipo de cuestiones. Sólo le interesa lucrar, como a cualquier mercado en este sistema capitalista. Las únicas soluciones que las zapaterías ofrecían a Pablo eran que le agregara un poco de algodón a la punta de la zapatilla del pie más chico —elemento que no estaba incluido en el precio del calzado— o que se consiguiera un amigo que tuviera el mismo problema que él pero al revés —o sea: que el pie que él tenía chico, lo tuviera grande y viceversa—, cosa igual o más difícil que encontrar a su alma gemela.

Cansado de llevar algodón en la punta de su pie izquierdo, Pablo ideó un plan desesperado. Iría a una de esas fábricas llenas de góndolas de zapatillas y —escoltado por alguno de los otros pibes de Martelli que le hiciera de campana— desarmaría un par, metiendo dos zapatillas de número distinto en la misma caja.

El plan funcionó, logró engañar al personal de la fábrica. Y lo siguió haciendo hasta la última vez que lo vi.

Hace un tiempo me enteré de que hoy día está casado y tiene dos hijos. Quien me lo contó no supo informarme sobre el tamaño de los pies de esos niños. No sé si hoy día irán todos juntos, en familia, a desarmar pares de calzado en la misma fábrica de zapatillas.




Hernán V también tenía problemas con sus padres, pero un poco más graves que los que tenía Federico A con los suyos. Una vez, encerrado en su habitación, había escuchado a su padre decir a su madre:

—Tendríamos que haberlo matado en cuanto nació.

Desde ese día, Hernán tuvo miedo de que su padre lo asesinara. Realmente, no creo que su padre fuera capaz de eso; pero Hernán solía tener ataques de pánico desde que se zarpó de dosis en un viaje de ácido. En aquella ocasión, había sentido que el suelo le quemaba los pies y se había quedado durante horas colgado de un alambrado.

Hernán no vivía en Martelli; vivía en Capital, unas cuadras pasando el límite, que es la General Paz. Según él cuenta, una noche, cruzando el puente que pasa sobre la avenida, se le apareció un duende exigiéndole que le dejara la tuca del porro que estaba fumando —a modo de peaje— si quería llegar con vida a su casa. Tal vez fuera el famoso Yacaré Huatí de Jorge D. Tal vez fuera un enano drogadicto asesino a sueldo contratado por el padre de Hernán. Pero yo, sinceramente, creo que era una alucinación.

Sea como haya sido, Hernán, desde esa ocasión, siempre que cruzaba el puente a la noche dejaba una tuca en el piso como tributo.

Lo último que supe de él es que se puso de novio y se fue a vivir al Bolsón. «¡Lugar jodido para alguien que le tiene miedo a los duendes!», fue lo primero que me dije. Después pensé: «Allá está lleno de marihuana también, según dicen. Al pobre de Hernán no le faltará hierba para pagar tributo. Podrá vivir el resto de sus días en paz».

7 comentarios:

  1. El jueves estuve en la estación Mitre y me acordé del exhibicionista jaja. Por tanto, para ir pasé por la biblioteca y la municipalidad, y me propuse como desafío reconocerlas. Fallé.
    Ahora hablas de tres pibes de Martelli y es un lugar que frecuento bastante. Estoy metida en una ONG en Villa Martelli! Eso te lo contaré en otro email.

    Un abrazo!

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  2. Por las dudas, no entres al baño de hombres.
    Después contame lo de la ONG.

    Abrazo y gracias por pasar.

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  3. Realmente estoy poniendo en duda tu presunta cordura. ¡Hijo, con semejantes yuntas!
    Quiero que Pablo S sea mi amigo, no Federico A. Hernán V me despierta sentimientos encontrados, no puedo pensar bien.

    pd: todos tuvimos algún caso de sicario enviado por nuestros padr...ah, ¿no?
    pd2: lo que será Claudio G.

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  4. me quedo con Pablo S,
    son sus patitas desiguales y sus chiquillos igual?
    gente rara...
    me quedé pensando...
    ay mi memoria me falla,no me acuerdo ahora mismito de gente extraña... deben ser los finales que me esperan :(
    Besos & Saludos
    K.

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  5. Muy bueno el blog, te dejo el mio

    http://basta-fuerte-radio.blogspot.com/

    Nos leemos, saludos.

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  6. Frestón: Hágase cargo de sus presunciones.
    Respecto a las yuntas, sé con que bueyes aro.
    Respecto a Pablo S, las amistades basadas en la lástima no son buenas.
    Yo tuve algo parecido a un sicario, enviado, o introducido en casa, por mi señora madre.
    Y con respecto a Claudio G... sí, lo que será Claudio G... Algún día le cuento, si gusta escuchar la historia. Aunque es complicada.

    Karina: Otra que siente pena por Pablo S...
    Nunca supe el tamaño de los pies de sus chiquillos.
    Sí te acordás de alguien extraño, contame.
    Contame la de tu affaire evangelista. Ese debe haber sido extraño. ¿O me equivoco?
    Besos y gracias por pasar.

    Basta Fuerte: Sos un chanta: no leíste un choto. Jajaja... Andá a espamearle el orto a tu vieja.
    Saludos. No pasaré una mierda por tu blog. Jajaja...

    David C.: Saludos, hermano del Perú.
    Gracias por pasar.
    Pero la foto no es mía.

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